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El huidizo silencio

A diario oigo el murmullo de un televisor, las risas de los niños en el patio de la escuela, el pip de un microondas avisando que está lista cena, el perro del vecino ladrando con desesperación, el rugir de los carros a lo lejos, cuando la oscuridad reina.

El sonido es común, se encuentra en todas partes. El silencio, en cambio, es escaso y escurridizo, siempre huye, es su naturaleza. Se escapa por cualquier agujero. No hay un recipiente lo suficientemente hermético para contenerlo.

Más fino que la arena, más resbaladizo que el agua, más etéreo que una nube, más voluble que el fuego, más transparente que el éter. Es imposible atesorarlo.

Una vez atrape un poco entre mis manos. Fue solo por un segundo, pero en ese segundo sentí haber atrapado el universo.

Fue una de esas hazañas difíciles de imaginar, nadie me cree cuando lo cuento. Como la vez que le cerré el paso a un arco iris.

Siempre recuerdo ese día con nostalgia.

Un día infinito (ejercicio)

Hoy ha sido un día infinito. Salí temprano de mi casa como cada mañana rumbo al trabajo y como cada mañana caminé. Mientras lo hacia comprendí que caminar es una ación imposible. Apoyarse en un pie mientras se balancea el otro en el aire, cambiar involuntariamente el centro de gravedad e ir del punto A al punto B sin saber que entre el punto A y el B se encuentra el infinito y, sin embargo, llegar. Caminar es una paradoja: si dividiéramos la distancia entre esos dos puntos en la mitad, y a su vez, esa mitad en la mitad, y a su vez, esa mitad en la mitad, jamás llegaríamos a nuestro destino, pero llegamos. ¿Cómo es posible que nuestros pies sobrevuelen el infinito sin saberlo? ¿Cómo creemos pasar de un punto a otro intactos cuando en realidad fuimos arrastrados por el infinito entre un paso y otro? El infinito no tiene fin, eso dicen, así que quien aparece misteriosamente en el punto B no es uno mismo, es alguien más, un impostor.
Un matemático indio hace varios siglos pensó en el infin…

CMYK

C

Las tres compartíamos un apartamento en Soho. Nos mudamos allí para estar en el corazón de la gran manzana, en el centro del mundo, donde todo pasa. Era un apartamento pequeño en un edificio antiguo con pisos de madera, techos muy altos, grandes ventanales de forma ojival y escaleras de incendio de hierro pintadas de negro, como casi todos los apartamentos de esa zona. En invierno teníamos calefacción pero en verano el calor era insoportable, no teníamos aire acondicionado, estaba dañado cuando llegamos y no lo pudimos reparar. Dormíamos con las ventanas abiertas y con un bate de béisbol al lado de la cama; aunque era un bario seguro y estábamos en un sexto piso, estábamos acostumbradas a esperar cualquier cosa en esta ciudad. Soñábamos con tener una vida bohemia, con pasear por los mercados callejeros, las tiendas de antigüedades, las galerías de arte y los almacenes de ropa vintage en las tardes y luego sentarnos en un bar o un café para hablar de música, libros, arte. Yo quería s…

Agorafobia

La tierra era plana para ella. La tierra era ese espacio finito, seguro, familiar que guardaban las cuatro paredes de su casa, en cuyos límites los océanos empezaban a desbordarse y fuera de los cuales todo era caos y confusión.

Agorafobia, según los textos médicos, es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a los espacios abiertos o públicos. Agorafobia, según su experiencia, era ser prisionera en su propia casa.

Fuera de esas cuatro paredes la realidad se transformaba en pesadilla; la tridimensionalidad desaparecía, los objetos y las caras perdían su significado, incluso los colores parecían los de una película coloreada en tecnicolor y los sonidos parecían venir del parlante de un viejo televisor en el que ella misma se veía con extrañeza.

Ataques de pánico, le decía el psiquiatra: el cerebro ante un inminente peligro de muerte se prepara para la huida. Activa el corazón, los músculos y genera elevadas dosis de adrenalina. Cuando los niveles de estrés son casi insoportab…

La felicidad se parece a un dragón y huele a narajas

Tu cabello huele a naranjas. La felicidad debe ser tibia, redonda y amarilla como el sol y oler a naranjas, a césped recién cortado, a tierra mojada después de la lluvia, debe sentirse como el viento tocando mi rostro y sonar como tu voz.

Las nubes se mueven rapidamente. Parecen tranquilas y sutiles pero cambian a gran velocidad: de repente un conejo, de repente un perro.

- Mira, una tortuga - te digo.
-¿Dónde?
- No, ya no. Se desvaneció.

Ahora parece un dragón. Todas las formas indefinidas parecen dragones, pienso.

Te siento tumbado a mi lado mirando al cielo igual que yo. Te miro. Tu sonrisa de niño me hace viajar en el tiempo, a ese día que parece que fue ayer, el día en que te vi por primera vez. Cada vez que te veo parece la primera vez porque eres como una nube, porque soy como una nube: de repente un conejo, de repente un perro.

Vuelvo a mirar al cielo.

- ¿Esto será la felicidad? - te pregunto.
- ¿Dónde? A mi me parece un dragón - respondes.

Flores de papel para ella

La recuerdo sentada en medio del jardín, hipnotizada ante el atardecer contemplando las rosas. Hermosa, primaveral, fresca, radiante. Recuerdo sus ojos siempre a punto de deshacerse en lágrimas, tan ajenos. Nunca pude adivinar en que pensaba. Por Dios, ¿en que piensa cuando se queda mirando al infinito como aquella tarde, como si no me viera, como si  yo fuera invisible?  Me desesperaba esa pregunta, me desesperaba toda ella, siempre ensimismada, muda.
Éramos dos niños, aún lo somos. Era una mujer hermética, inalcanzable, aún lo es. Era una casa inmensa a punto de destruirse. Era un jardín cubierto de rosas blancas. Éramos felices como jamás lo volvimos a ser.
Recuerdo la lluvia que se colaba por cada rincón de la casa, las horas interminables mirando a través de los cristales empañados, el tic tac desesperado del reloj que se fundía con el de las goteras que golpeaban contra el fondo metálico de un viejo platón, los corredores interminables, el olor a humedad, la soledad, las noches de…

Afuera no paraba de llorar

El día en que Erika decidió dejar de llorar lo hizo, así, sin más, como quien decide dejar de fumar y lo deja con pura fuerza de voluntad. Lo había intentado antes, varias veces, pero no era fácil, sobre todo en un mundo en él que todo parecía estar hecho para provocar su llanto. Llanto secreto claro está. No estaba bien visto que alguien llorara en esa ciudad y mucho menos en público. Ella aprovechaba cada segundo de intimidad para llorar. Se encerraba en el baño de la oficina a llorar, lloraba mientras conducía a casa, en la ducha, mientras cocinaba, antes de dormir, al despertar. Para ella llorar era más que uno de esos placeres culposos como comerse las uñas o leer novelas rosa, era un vicio. Pero desde ese día no lo hizo más. En alguna parte había leído que se necesitaban veintiún días para crear un hábito o para romperlo. Si puedo aguantar veintiún días lo habré logrado, se dijo, sin embargo, desde el primer día empezó a sentir los síntomas del síndrome de abstinencia: ansiedad…

En los sótanos del subconciente

Vivíamos en una casa demasiado grande para los tres. Recuerdo que mi padre siempre estaba en su estudio leyendo, mi madre en el salón con sus amigas tocando el piano o tomando el té y yo siempre jugando por ahí, sola. Era una casa antigua llena de pasadizos subterráneos, tengo entendido que fue construida en la época de la violencia, así mi abuelo supongo, quien fue un importante político liberal, podría esconderse cuando llegaran a buscarlo los conservadores con antorchas y machetes en las manos dispuestos a asesinarlo. Nunca sucedió, en vez de eso la red de túneles y sótanos se convirtió en el lugar de mis fantasías solitarias. Nadie sabía de la existencia de aquellos pasadizos excepto yo, que los descubrí por accidente. Primero encontré un manojo de llaves en un mueble viejo mientras jugaba. Luego, también por accidente, encontré cada una de las puertas que abrían esas llaves.

Una noche mi padre me encerró el el closet como castigo por no haber terminado mis deberes. Estuve allí t…

Saldando cuentas con Dios

Oliver Alba no confiaba en Dios. Dios jamás había escuchado sus plegarias. Peor aún, las había escuchado y siempre había hecho exactamente lo contrario de lo que Oliver pedía. De niño Oliver le había pedido a Dios año tras añoen navidad las cosas más divertidas: la bicicleta de moda, la última consola de vídeo juegos, un viaje a Disney World, una guitarra eléctrica y año tras año había recibido un auto negro con chofer, la última enciclopedia británica ilustrada, un viaje a Europa con entradas a todos los museos, un violín. Cuando era adolescente le pidió que la chica más popular de la escuela se fijara en él y en cambio fue la maestra la que no le quito los ojos de encima en todo aquel año. Ya mayor Oliver le pidió que sus rivales en la bolsa quebraran y quebraron justo los que le debían dinero a él, una vez le pidió que sus vecinos se fueran muy lejos. Dios los mando de vacaciones a las islas griegas y regresaron más insoportables que nunca y así con todo. Dios siempre había sido pa…

Un rostro familiar

Desencuentro

Estaba sentada en la parada del autobus una fría mañana de diciembre leyendo mi libro favorito. Se notaba el trajín al que había sido sometido el pobre libro, con las esquinas dobladas y sucias, subrayado y lleno de notas escritas con lápiz al costado. De pronto se sentó a mi lado un hombre, miró el libro, me miró a mi. Yo lo veía con el rabillo del ojo fingiendo que no me importaba pero después de un rato de sentirme observada,  ya un poco molesta, no pude dejar de levantar la cara y mirarlo. Él sonrió, de inmediato dejé de estar molesta y sonreí de vuelta. Me pareció encantador. Tenia una sonrisa limpia y sincera y la mirada brillante. Que tal el libro? preguntó. Yo, queriendo sonar interesante le respondí: es una hermosa historia de amor imposible. Él movió su cabeza en un gesto de desaprobación. Yo diría que es una muy triste historia de desencuentros entre una ilusa y un hombre emocionalmente distante, incapaz de amar, dijo. Yo lo miré sorprendida como diciendo ¿acaso oí mal? él …

El color de la música

Cada tarde durante una hora los niños se dedicaban a diferentes actividades artísticas en la escuela. Mientras Kari pintaba podía ver por la ventana en el salón contiguo a una niña que tocaba el violín. Kari era sorda de nacimiento así que no conocía la música y su sueño de escucharla algún día se había apagado hacía mucho. Los médicos no le daban ninguna esperanza. Sin embargo, Kari guardaba una muy leve esperanza en el fondo de su corazón. Tal vez, aunque sea una vez, se decía.
Una tarde se paró justo en frente de la violinista y la observó muy de cerca con atención. Parecía tan concentrada, con los ojos cerrados. La expresión de su cara era de absoluta calma. Era una niña muy bonita, delgada y de cabello castaño claro y rizado. Probablemente de la misma edad que Kari, unos 13 años. De pronto abrió los ojos. Parecía mirarla fijamente y al tiempo no verla en absoluto. Kari se avergonzó de estar allí parada pero ya era demasiado tarde para huir así que permaneció quieta, atenta. La niñ…