El color de la música

Cada tarde durante una hora los niños se dedicaban a diferentes actividades artísticas en la escuela. Mientras Kari pintaba podía ver por la ventana en el salón contiguo a una niña que tocaba el violín. Kari era sorda de nacimiento así que no conocía la música y su sueño de escucharla algún día se había apagado hacía mucho. Los médicos no le daban ninguna esperanza. Sin embargo, Kari guardaba una muy leve esperanza en el fondo de su corazón. Tal vez, aunque sea una vez, se decía.

Una tarde se paró justo en frente de la violinista y la observó muy de cerca con atención. Parecía tan concentrada, con los ojos cerrados. La expresión de su cara era de absoluta calma. Era una niña muy bonita, delgada y de cabello castaño claro y rizado. Probablemente de la misma edad que Kari, unos 13 años. De pronto abrió los ojos. Parecía mirarla fijamente y al tiempo no verla en absoluto. Kari se avergonzó de estar allí parada pero ya era demasiado tarde para huir así que permaneció quieta, atenta. La niña no dijo nada y tampoco pareció sorprenderse o molestarse.

El día siguiente Kari hizo exactamente lo mismo y al igual que el día anterior la niña abrió los ojos y no pareció verla. Así ocurrió por varias tardes hasta que un día la niña estiró su brazo hacia Kari y toco su hombro. Quién eres? dijo. Kari se asustó un poco al principio pero la actitud de la niña había sido muy suave y cariñosa así que se tranquilizó. Kari no oía pero sabía leer los labios. Respondió por instinto con señas pero luego cayó en cuenta de que no todos en su escuela sabían el lenguaje de señas así que sacó una pequeña libreta y un lápiz que siempre cargaba en su bolsillo y escribió: Kari pero la niña no hizo ningún movimiento, ni siquiera inclinó su cabeza. A Kari no le pareció que la ignorara a propósito, más bien era como si no hubiera visto el papel, así que lo subió a la altura de sus ojos. Al no ver ninguna reacción Kari quedó desconcertada y se marchó. 

Cuando llegó a casa le contó en señas a su mamá lo que había pasado y le describió a la extraña violinista. Su mamá sonrió con ternura y le respondió también en señas: es ciega. Ciega? respondió Kari. Si, le dijo ella: no puede ver. Kari se quedó pensativa por varios minutos. No podía creer que aquella pequeña estuviera privado del placer de ver el mundo, las montañas, las flores, el mar. Cómo era posible? pobre niña, pensó. Nunca ha visto nada? preguntó Kari a su mamá. No, respondió ella. 

Esa noche a Kari le costó mucho dormirse. Si ella no puede verme ni yo oírla, cómo nos comunicaríamos? Yo puedo leer sus labios siempre y cuando ella este frente a mi pero y ella? Kari pensó y pensó. No era el tipo de niña que se rendía ante un problema. De repente tuvo una idea: Si escribía en el papel lo suficientemente duro para dejar relieve, tal vez ella podría leer sus mensajes con el tacto. 

Al día siguiente no podía esperar para probar su idea. A penas la maestra anunció el final de la clase de matemáticas Kari corrió hasta el salón donde la niña tocaba regularmente. Como siempre la encontró, se paró en frente de ella, sacó su lápiz y su papel y escribió con fuerza: soy Kari. Luego alargo el papel hasta la mano de la niña quien lo palpó con cuidado. Hola Kari, dijo yo soy Lana. Kari sonrió con satisfacción. En seguida tomo el papel nuevamente y escribió: soy sordomuda. Lana recibió el papel de vuelta y respondió: no puedes oírme ni hablarme? -No, pero sé leer los labio, escribió. Y luego: me gustaría oír tu música pero no puedo. Lana hizo un gesto de lástima que en seguida cambió por uno de alegría como si se le hubiera ocurrido una idea. Buscó con cuidado la mano de Kari y la puso sobre el violín, después empezó a tocar. 

Kari sintió como las vibraciones de la música subían por su mano, su brazo, su hombro, su pecho y luego bajaban a su estomago. Sintió como la música atravesaba todo su cuerpo en oleadas. Cerró los ojos y sintió un suave vaivén y suspiró profundamente. Se sintió segura como en los brazos de su mamá cuando la arrullaba siendo bebe. Luego sintió vibraciones más cortas y rápidas que subían y bajaban por todo su cuerpo y se sintió como en un parque de diversiones. Como en una montaña rusa. En seguida sintió pequeños pero contundentes golpes que aumentaban y disminuían de intensidad. Sin abrir los ojos supo que Lana estaba golpeando las cuerdas del violín con el arco. Los golpecitos repetían un patrón. De pronto sin darse cuenta sus pies empezaron a moverse al ritmo de las vibraciones. Todo su cuerpo se movía involuntariamente. No lo podía evitar y tampoco quería. Estaba bailando, por primera vez en su vida. 

Que experiencia tan maravillosa había tenido. Cuando terminó de tocar Kari abrió los ojos y la abrazó. Sonreía de oreja a oreja, tenía los ojos encharcados, era absolutamente feliz.

Esa noche también le costo dormir. Recordaba una y otra vez su primer encuentro con la música y pensaba como podría devolverle a Lana semejante regalo. Por fin se le ocurrió una idea. Le enseñaré los colores, se dijo y se quedó dormida.

Que reto tan tremendo se había propuesto, pero Kari no era la clase de niña que se daba por vencida ante ningún reto. Al día siguiente preparó cuidadosamente su plan. Empezaría por el amarillo. Lana no puede ver el amarillo pero puede sentirlo, probarlo, tocarlo, olerlo. El amarillo, pensó, debe saber y oler a naranjas dulces y a miel, debe ser cálido y alegre y se debe sentir como arena tibia bajo los pies. Así después de clases llevó a Lana a la playa, le pidió que se quitara los zapatos y hundiera sus pies en la arena, le pidió que sintiera el calor del sol sobre su piel, acerco una naranja cortada y miel a su nariz y luego a su boca y por último le extendió un papel que decía: amarillo. Lana entendió el experimento y sonrió. Creo que el amarillo debe sonar como mi violín: alto y brillante, y como las risas de los niños que juegan aquí en la playa, escribió.

El día siguiente después de clases Kari llevó a Lana el bosque contiguo a la escuela. Le pidió que se sentara sobre la hierva y acariciara el pasto. Acerco a su nariz y a su boca agujas de pino y hojas frescas de albahaca y menta silvestres. Y luego le extendió un papel que decía: verde. Lana le escribió que el verde era fresco, húmedo y apacible y que los sonidos del bosque: las hojas que resonaban con el viento y el canto de los pájaros le recordaban el sonido de las flautas: calmo, suave y sutil y le prometió que le enseñaría la vibración de una flauta si la acompañaba a casa.

El día siguiente Kari llevó a Lana a conocer el rojo. El rojo, pensó Kari, es ardiente, rápido intrépido, elegante, fugaz. El rojo es el fuego y la vida. Sabe a cerezas y a pimientos, huele a rosas rojas y a manzanas y se siente como los latidos del corazón. Qué reunía todo aquello? Vaya acertijo, pensó Kari, pero muy pronto supo la respuesta: el parque de diversiones. Después de probar chile picante, subir a la montaña rusa y sentir los latidos acelerados de su corazón Lana comprendió perfectamente el concepto de rojo y dijo: el rojo me suena a una guitarra, una eléctrica para ser mas exacta. Mi hermano mayor tiene una. Mañana le pediré que toque una canción para ti. Kari sonrió complacida.

El azul era un color difícil, concluyó Kari tras pensar y pensar. Cómo mostrarle a alguien que no ve la inmensidad del cielo o del mar? se preguntaba Kari. Cómo se siente el infinito? a qué sabe? a qué huele? Pero luego se preguntó: existen los límites para alguien que no ve? Tal vez Lana comprenda mejor que nadie la inmensidad. Aquel día fueron a la playa otra vez. Lana entró descalza al mar, no muy profundo. Sintió el agua helada y el viento marino golpeando su rostro. El azul es frío, dijo, pero también es puro, melancólico y misterioso. Se quedo callada un rato y Kari le escribió: y cómo suena el mar Lana? Suena como un piano, dijo ella, a veces es sereno y otras, cuando choca contra las rocas, es violento, furioso, te hace estremecer. Mi mamá toca el piano. Te mostraré. 

Así durante varios días las dos amigas fueron inseparables. Una mostrándole los sabores, texturas, olores y sensaciones de colores como el violeta y el naranja. Y la otra mostrándole la música que ella pensaba correspondían a cada uno. Por último Kari le escribió a Lana con lágrimas en los ojos: ya se acabaron los colores, solo quedan el blanco y el negro que es el único color que realmente ves y que técnicamente ni siquiera es un color, dijo, recordando sus clases de ciencias. Bueno, enséñame el blanco, respondió Lana.

El blanco en realidad era un color muy muy difícil. Más que todos los demás. De hecho era la combinación de todos los demás. Cómo podría enseñárselo? Se le ocurrió que el blanco era el silencio, la quietud y la paz absolutas. No había en todo el pueblo un lugar tan pacífico como el que ella imaginaba. Por doquier había carros, gente, anuncios y aunque ella no podía oírlos sabía por su mamá y sus compañeros de la escuela que el ambiente estaba lleno de sonidos, algunos muy molestos. Y en los alrededores había bosques, ríos, animales, el mar, también con sus respectivos sonidos y movimientos. Dónde encontraría un lugar así de inmóvil? Entonces recordó que no muy lejos estaba el Parque Natural de la Sierra Nevada. Una  montaña nevada que colindaba casi con el mar. Sería perfecto, pensó. Le escribió a Lana su plan y ella estuvo de acuerdo. 

Ese fin de semana las dos niñas se prepararon para ir a la Sierra nevada a descubrir el blanco. Empacaron algunas cosas esenciales: ropa, algo de comida, sus mesadas de la semana, un par de muñecas y se fueron a la estación de buses muy temprano en la mañana del sábado mientras sus padres dormían aún.

Cuando llegaron, haciendo caso omiso de las advertencias de los guías, tomaron una ruta solitaria. Cuando se vieron absolutamente solas, lejos de los turistas y los nativos, lejos cualquier ruido, Kari le pidió a Lana que se acostara sobre la nieve. Fue un momento mágico. De la nada empezaron a caer suavemente diminutos copos de nieve sobre ellas. La niña que se encontraba acostada pareció cubrirse de escarcha. Los pequeños copos aterrizaban en sus pestañas, en su nariz en sus labios que poco a poco perdieron su color rosado y empezaron a verse como delicados pétalos de lila. Parecía una estatua de hielo. Lástima que Lana no pueda verse, que no pueda ver nada de esto, pensó Kari.

De pronto un terrible estruendo surgió del interior de la tierra, Lana alcanzó a oírlo pero no a levantarse pues su cuerpo estaba un poco entumecido, y una avalancha de nieve bajó por la montaña. Corre Kari alcanzó a gritar pero Kari no estaba viendo sus labios en ese momento así que tampoco reaccionó. La nieve las cubrió a ambas pero Kari, que estaba de pie al momento del derrumbe logró salir airosa de entre la nieve. Busco a su amiga y al no verla se tumbo en la nieve tratando de escarbar con sus manos en el sitio en el que creía que estaba enterrada.

Mientras tanto los padres de ambas en el pueblo habían notado su ausencia y después de encontrar en la caneca las hojas arrugadas de la libreta donde Kari explicaba su plan a Lana, habían llamado a la administración del Parque Natural para que los guardabosques organizaran un grupo de búsqueda mientras ellos llegaban.

Kari seguía buscando desesperadamente a su amiga cuando escuchó, sí, escuchó sus gritos de ayuda. En el momento no le pareció extraño. Lo único que pensaba era en salvar a Lana. Removió la nieve del sitio donde creía oír los gritos y la encontró, muy fría y temblorosa pero viva. Lana se levanto poco a poco mientras Kari la abrazaba para darle calor. Entonces Lana se puso frente a ella para que pudiera leer sus labios y dijo: Kari, vi. Vi el color blanco. Te lo juro, lo vi. Vi todos los colores por un instante y estos se reunieron para formar el blanco. Fue maravilloso. Justo entonces Kari recordó que minutos antes había oído la voz de Lana desde lo profundo. A pesar de nunca haberla oído antes estaba segura de que era su voz porque sonaba como el color amarillo: alta y brillante. Pero después del encuentro tanto Kari como Lana volvieron a su antiguo estado sin oír y sin ver respectivamente. ¿Sería su imaginación? tal vez tanto Kari como Lana podían imaginar los sonidos y colores después de que cada una le mostrara a la otra como eran. En aquel momento las encontró el grupo de rescate y las llevó a salvo con sus padres. 



El castigo que les impusieron sus padres por aquel susto extremo fue pintar de colores las cercas de las casas del pueblo durante el verano. Lo hicieron juntas: Kari fue los ojos de Lana y Lana los oídos de Kari y así siguieron siendo amigas por muchos años. Tal vez hasta el día de hoy. 

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