Saldando cuentas con Dios

Oliver Alba no confiaba en Dios. Dios jamás había escuchado sus plegarias. Peor aún, las había escuchado y siempre había hecho exactamente lo contrario de lo que Oliver pedía. De niño Oliver le había pedido a Dios año tras año en navidad las cosas más divertidas: la bicicleta de moda, la última consola de vídeo juegos, un viaje a Disney World, una guitarra eléctrica y año tras año había recibido un auto negro con chofer, la última enciclopedia británica ilustrada, un viaje a Europa con entradas a todos los museos, un violín. Cuando era adolescente le pidió que la chica más popular de la escuela se fijara en él y en cambio fue la maestra la que no le quito los ojos de encima en todo aquel año. Ya mayor Oliver le pidió que sus rivales en la bolsa quebraran y quebraron justo los que le debían dinero a él, una vez le pidió que sus vecinos se fueran muy lejos. Dios los mando de vacaciones a las islas griegas y regresaron más insoportables que nunca y así con todo. Dios siempre había sido para él una especie de broma de mal gusto. Oliver estaba convencido de que Dios tenía algo personal contra él. Tal vez desde aquel día en que, siendo aún muy pequeño, había encontrado un hormiguero durante el descanso en la parte posterior del jardín de la escuela y sin dudarlo había vertido todo el contenido del termo que le había preparado su nana sobre el agujero por donde entraban las hormigas. No pudo parar de reír al ver como los diminutos insectos trataban de nadar en el chocolate caliente sin conseguir salvarse. Tenía tan sólo 6 años. Más tarde al recordar ese suceso lo entendió todo. Claro, es eso, Dios no soporta que alguien juegue a ser él, por eso me odia, se dijo. 

Hacía mucho que Oliver no rezaba enserio, pero sabía que Dios leía sus pensamientos. Muchas veces había tratado de engañarlo. Fingía rezar y pedía lo opuesto a lo que realmente quería pero nunca resultaba. Dios siempre sabía los verdaderos deseos de su corazón y hacia lo contrario. Aún así no pasaba de ser una simple rencilla entre Dios y él hasta el día en que Oliver se fijo en una mujer muy atractiva. El único problema era que ella estaba casada y no hacía caso a sus pretensiones lo que lo volvía loco. Oliver estaba totalmente obsesionado con esa mujer pero la única forma para que ella le hiciera caso era que su esposo desapareciera. Pero no sería él quien se ensuciaría las manos, bien sabía que podía ser una trampa de Dios. Y que sorpresa se llevó cuando un día, sin él haber tenido absolutamente nada que ver, sin siquiera habérselo pedido a Dios, al menos no directamente, recibió la noticia de que el esposo había perdido la vida en un lamentable accidente. Por supuesto Oliver no dejó pasar esa oportunidad. Para consolar a la viuda, quien al principio se rehusaba a aceptarlo, la colmo de toda clase de extravagancias; joyas, vestidos, viajes, invitaciones a cenar en los mejores restaurantes de la ciudad, hasta puso a su disposición  un chofer día y noche y le regaló una tarjeta de crédito con cupo ilimitado. Así en menos de 6 meses desde la muerte de su esposo, contra todo pronóstico, ella contrajo matrimonio nuevamente. Oliver estaba dichoso, por fin Dios le concedía algo. Quizá ya había olvidado su rivalidad con él, pensó. Pero no era así, muy pronto Oliver se harto ella y le hizo saber con sus desplantes y desprecios que ya no era más la favorita. La pobre mujer, quien al principio estaba deslumbrada, quedo desolada y le pidió el divorcio de inmediato. Antes de la boda, por calor del momento Oliver había olvidado hacerle firmar un acuerdo pre nupcial, así que ella ahora reclamaba la  mitad de su fortuna que era bastante considerable. Otra mala jugada de Dios, no podía ser todo tan perfecto, pensó Oliver y movió todas sus fichas para no permitirle salirse con la suya. No sólo dejó a la mujer en la calle sino que le hizo perder la custodia de los dos hijos de su anterior matrimonio al hacerla ver como una adultera, alcohólica y drogadicta en la corte. 

Esa vez él había ganado, a pesar de que Dios vilmente había tratado de engañarlo y se había metido con lo más sagrado para él: su dinero, pero el asunto no se quedaría así, juró, era la guerra. A partir de ese día Oliver se volvería despiadado, si alguna vez había sido amable o  considerado, ya no lo sería más y haría todo lo posible para desafiar a Dios, quien nunca le había dado nada. 

Oliver siempre se había considerado un jefe justo en la textilera que había heredado de su padre, aunque no todos opinaban lo mismo; hacia trabajar a sus empleados largas jornadas sin descanso, pero ahora se había convertido en verdadero tirano; gritaba, insultaba, humillaba y amenazaba con despedir a todos sin ninguna razón, sobre todo a Carmelita, su secretaría. Una dulce y paciente mujer que había sido secretaría también de su padre y que había conocido a Oliver desde que era un niño. Ella era la única persona en el mundo que  aguantaba sus ataques de furia, tal vez porque, aunque resultara imposible de creer para algunos, le tenía alguna especie de cariño o tal vez por respeto a la memoria de su padre, de quien decían había sido un buen hombre. 

Un día de trabajo como cualquier otro, Oliver salió a fumar un cigarrillo y tomar un café al parqueadero de la fábrica y vio una larga fila de hormigas. Recordó aquella escena en su infancia que tanto lo había hecho reír y tanto había enfurecido a Dios. Las siguió hasta el hormiguero, miró al cielo y con una sonrisa socarrona en los labios vertió todo el contenido de su taza sobre el agujero de entrada mientras pensaba: ¿y que vas a hacer al respecto Dios? Al volver, se encerró en su oficina y se sentó a redactar unas cartas al lado de su secretaría. 

Era una tarde calurosa como pocas en esa época del año. El viento parecía haberse detenido y había un silencio también muy inusual. Oliver tubo un extraño presentimiento. Que estaría tramando Dios? se preguntó. Sólo unos minutos después el edificio empezó a moverse. Al principio muy levemente pero cada vez más y más fuerte y no parecía que fuera a parar. Todos corrían de un lado a otro, gritaban, las escaleras estaban abarrotadas de gente y de pronto, sin ningún aviso empezaron a caer las vigas, las paredes, el techo. Oliver fue él único que permaneció todo el tiempo en su escritorio y cuando Carmelita intento salir corriendo él con un grito que pareció aún más fuerte que el mismo terremoto le dijo: siéntate. No le iba a dar gusto a Dios. No iba a huir como un cobarde, pensó. Cuando aparentemente todo había acabado, Oliver observó a su alrededor. Él y Carmelita estaban atrapados. A Carmelita  la había herido una enorme viga que cayó sobre su pierna derecha, Oliver en cambio, a parte de unos pequeños rasguños, estaba ileso. Esta vez Dios había llegado demasiado lejos, pensó Oliver. 

Pasaron varias horas. Afuera no se escuchaba ni un murmullo. Llegó la noche y nadie venía a rescatarlos. Ya en la madrugada, las fuerzas de Oliver empezaron a flaquear hasta que ya no resistió un minuto más y cayó de rodillas llorando y suplicando: Dios, tu y yo sabemos que nunca nos hemos llevado bien pero si me salvas te juro, te juro que voy a cambiar. Dejaré de ser tan egoísta y narcisista, pensaré en los demás y nunca volveré a retarte. Sálvame Dios por favor. En cuanto dijo esas palabras un intenso rayo de luz salió del techo y lo ilumino. Fue un momento sublime pero Oliver no sabía que pensar: ¿estoy muerto? o ¿el mismísimo Dios en "persona" ha venido a salvarme? se preguntó, Trataba de ver hacia arriba pero estaba encandelillado. De repente se escucho una voz que parecía venir del cielo: ¿hay alguien ahí? dijo la voz. ¿Dios? respondió Oliver. Cuando sus ojos al fin consiguieron adaptarse a la luz se dio cuenta con alivio de que se trataba de un bombero que había llegado hasta allí abriéndose paso a través de los escombros. Gracias Dios mio, gracias, no te arrepentirás, dijo mientras se ponía de pie. Señor, esta bien, ¿esta herido? preguntó el bombero. No, estoy bien, respondió Oliver. ¿Hay alguien más con usted? ¿algún herido? Oliver buscó a Carmelita con la mirada. La anciana aún dormía en la esquina opuesta de la habitación y antes de poder responder el bombero prosiguió: Si hay algún herido le daremos prioridad. Sólo tenemos espacio para uno más en la ambulancia. Más tarde volveremos por usted. ¿Más tarde? preguntó Oliver. Si, es que las vías están destrozadas, pero no se preocupe volveremos lo más pronto posible, dijo el bombero. No, no hay nadie más, soy el único sobreviente aquí, dijo y sin dudar tomo la mano del bombero y trepo rápidamente por el agujero dejando atrás para siempre a la pobre Carmelita. 

Ya en la ambulancia, feliz de estar a salvo Oliver pensó: Dios no sé porque te di las gracias, fue un momento de debilidad, tu me lo debías, lo sabes. Más bien digamos que estamos a mano. 

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