Un rostro familiar


No la podía recordar por más que me esforzará. Sólo venían a mi memoria pequeños retazos que formaban una imagen borrosa. Su boca era lo que más me gustaba de ella. Incluso al cerrar los ojos podía sentir la suavidad de sus labios, pero no podía decir su forma ni su color. La última vez que la vi, llovía. Recordaba con nitidez hasta los detalles más insignificantes, todos, menos su rostro. Sobre la mesa había dos tazas de café caliente, era de noche y de vez en cuando los relámpagos iluminaban toda la habitación, ella llevaba un vestido azul con pequeñas flores blancas. Como me gustaba ese vestido. Ojalá pudiera recordar su rostro.

Nuestras vidas transcurrían sin afán, eramos felices. Nunca supe muy bien como había empezado todo. Creo que fue una mañana que salimos a caminar. El día era radiante, el aire ligero. Ella me tomó de la mano mientras nos paramos a observar los patos que nadaban en un pequeño estanque atrás de la casa. Seguimos así, tomados de la mano por unos minutos hasta que sin saber porque, la solté repentinamente. Me sentí confundido por un instante, como si de un momento a otro tuviera agarrada la mano de una desconocida. En las mañanas siguientes al despertar me quedaba mirándola por un cuarto o media hora y entre más la miraba menos familiar me era aquella cara pegada a la almohada con los ojos cerrados y la boca entre abierta, a veces era como estarla viendo por primera vez.

Su rostro se desdibujaba cada vez más, perdía significado para mi, como cuando uno repite una palabra tantas veces que deja de tener sentido. Empecé a asustarme cuando un día al llegar a casa después del trabajo y la encontré acostada en la cama con un libro en la mano y me sobresalte, no la reconocí en lo absoluto. Al principio pensé que me había equivocado de casa pero luego de dar un largo vistazo entendí que si, esa era mi casa, esa era mi cama, pero había una extraña en ella usando la ropa de mi esposa, sosteniendo un libro de mi esposa, sonriéndome  diciéndome hola mi amor. La confusión duró pocos segundos pero fueron suficientes para que que yo no pudiera dormir esa noche. A cada rato encendía la lámpara y la veía dormir apaciblemente sabiendo que era ella y al mismo tiempo dudándolo. En los siguientes días la evadí lo más que pude, procuraba salir muy temprano a hurtadillas para no despertarla y llegar muy tarde en la noche cuando ella ya estuviera dormida. Si no era así, si no estaba dormida, casi ni la saludaba sino que subía derecho a la alcoba diciendo que estaba muy cansado y me acostaba a dormir. Evitaba sobre todo verla a la cara. Si no le miro la cara todo estará bien, pensaba. Sin embargo una madrugada ya no soporté más. No podía dormir, mi corazón palpitaba tan fuerte que pensé que la despertaría. Antes del amanecer salí sigilosamente de la casa. Deambule por la ciudad, a esa hora, solitaria y silenciosa, hasta que las calles comenzaron a llenarse de gente y las oficinas y almacenes empezaron a abrir sus puertas. Mi plan era ir al consultorio de una vieja amiga, una ex novia de la escuela que ahora era psiquiatra, y a penas abriera rogarle que me atendiera ese mismo día. Sabía que algo dentro de mi cabeza no podía estar bien. Llame a la oficina para avisar que no me sentía bien y que no iría a trabajar ese día y me dirigí al consultorio.

Cuando mi amiga me vio me reconoció de inmediato, me saludó y me abrazó cálidamente a pesar de no habernos visto en casi 10 años.

-¿Como estás? -me dijo- ¿a que le debo el honor de tu visita?
Yo tome aire y me prepare para contarle todo. Claro que como no quería parecer un loco recién fugado del manicomio empecé haciéndole un pequeño resumen de mi vida. En seguida le pregunté si tenia consulta y que si podía verme profesionalmente ahora mismo, ella me dijo que si y me pidió que me sentara.
-Lo que tengo que contarte es largo -dije. Entonces me puse muy serio, ella también, seguramente esperando una mala noticia. Empecé diciéndole cuanto amaba a mi esposa, lo hermosa que era y lo que significaba para mi. En seguida le conté como en los últimos días no había podido reconocerla en varias ocasiones al punto de asustarme al verla. Ella me pregunto que como estaba la relación antes de que comenzara a pasar eso, a lo que respondí - Muy bien, somos la pareja perfecta, hacemos todo juntos, hacíamos, digo, nunca peleamos, estamos de acuerdo en todo y el sexo, hice una pausa y me sonroje un poco, es perfecto, continué. ¿Como le voy a explicar esto? Llevo varios días evitándola  debe estar pensando que estoy enojado con ella, dije y rompí en llanto.

- No, cálmate dijo mi amiga, háblame de tu trabajo, ¿estas estresado últimamente? ¿Estas descansando bien? preguntó.
- Si, de hecho acabo de empezar a trabajar allí, a penas me estoy acoplando pero el estrés no lo he sentido aún. Empecé hace tan sólo un mes. Sin embargo desde que empezó todo esto no he podido dormir bien. Respondí yo.
- Y ¿cuando empezó este problema con tu esposa? Preguntó ella.
- Hace más o menos un mes, respondí, pero no creo que tenga ninguna relación con el trabajo.
- Bueno, vamos a hacer esto. Tomate estas pastillas, una antes de dormir y me entrego un frasquito amarillo, básicamente son para que puedas dormir bien y descansar, me explicó, y ven a visitarme en 3 días. Habla con mi secretaría para definir la hora.
- Esta bien, dije, la abrace con un profundo agradecimiento y me marche un poco más tranquilo. Al menos ya no estaba solo en esto.

Decidí ir directo a casa y enfrentar a mi esposa. Si no la reconocía igual fingiría hacerlo para no preocuparla. Al llegar no la encontré en casa. Qué extraño pensé, ella casi no sale, debe estar en el supermercado o algo así, me dije. Pero no regreso pronto. Es más no regreso aquella noche. Yo, que estaba a punto de un colapso, tomé dos pastillas del frasquito amarillo y las trague sin agua ni nada. A los pocos minutos ya estaba profundamente dormido.

Cuando me desperté al día siguiente, ella aún no estaba. Me preocupe otra vez. Que yo supiera ella no tenía a donde ir. No se había marchado del todo pues sus cosas aún estaban en la casa. Incluso las dos tazas de café sobre la mesa, ya frías, de la última noche en que la vi de espaldas y subí sin siquiera entrar a la cocina a saludarla. Estaba sentada a la mesa, seguramente triste esperándome para tomarnos un café y hablar de lo que estaba pasando. Me vestí lo más rápido que pude y salí. Ese día recorrí gran parte de la ciudad buscándola. Cuando le preguntaba a la gente siempre llegaba a ese ridículo punto en que tenia que explicarles que no podía recordar su cara y entonces ya nadie me tomaba en serio. Pensaban que era una especie de broma y seguían su rumbo. Llegó la noche otra vez sin saber nada de ella. Volví a casa con la esperanza de encontrarla allí, pero no. Revise su ropa para tratar de adivinar que podría tener puesto y cual sería mi sorpresa ver que gran parte de su ropa ya no estaba. Que estúpido, pensé, mientras la buscaba en la calle ella vino y se llevo sus cosas. Pero dejo algunas, eso podía significar dos cosas: que regresaría por ellas o que no pensaba irse del todo. Cualquiera de las dos posibilidades era alentadora para mi. Esa noche no tome ninguna pastilla pensando en que ella podía regresar mientras yo dormía. Pasé la noche medio en vela medio dormido. Con cualquier pequeño ruido me despertaba sobresaltado y en los pocos momentos en que lograba conciliar el sueño tenia pesadillas. Soñaba que la veía correr con su vestido azul y la perseguía, pero cuando la alcanzaba ella se volteaba y no tenía rostro, nada, no tenía más que una superficie lisa sin ojos, ni nariz, ni boca y a veces simplemente no la podía alcanzar.

Llegó la mañana sin novedad alguna. Aquel día decidí no salir de la casa esperando que en cualquier momento ella regresara. No fue así. No regreso y tampoco esa noche, ni la siguiente. Al cabo de 4 días no pude aguantar más, no había llamado a la policía previendo que tampoco creerían mi historia cuando les dijera que no podía recordar la cara de mi esposa. Así que fui directo al consultorio de mi amiga. Tenía cita con ella el día anterior pero no fui. Cuando llegué yo estaba en un estado de paranoia y ansiedad tal que al verme ella, aunque no tuviéramos cita aquel día, me hizo entrar de inmediato y le pidió a su secretaría que cancelara todas sus citas.

- ¿Que ha pasado? Preguntó.
Yo le conté llorando que mi esposa no había vuelto a casa desde hacia ya cuatro días y que estaba muy preocupado. - Ella nunca había hecho algo así, le dije.
- ¿Ya llamaste a su familia, a sus amigos?
- No, ella no tiene familia ni amigos, solo me tiene a mi.
- ¿Como es su nombre? ¿Cuantos años tiene? Bueno, ya sé que no puedes describirla en detalle pero ¿recuerdas algo?
- No, nada que pueda ayudar,  le respondí .
- Te ayudaré a buscarla, tengo contactos. Llamaremos a los hospitales, si es necesario avisaremos a los medios y si, yo hablaré con la policía y les contaré que soy tu psiquiatra y que tu atraviesas una especie de amnesia selectiva temporal. Ve a casa y busca cualquier pista. Busca entre sus papeles a ver si encuentras algún número telefónico, algún tiquete, una carta. Ah, y busca fotos suyas y tráemelas. Vamos a hacer todo lo posible por encontrarla. No te angusties, todo va a salir bien, decía. Ella se veía honestamente preocupada.

Llegué a casa y me puse manos a la obra. Busqué por todos lados, pero no encontré nada. El resto de sus cosas seguía allí así que no había ido en las últimas horas. Busqué el álbum de fotografías de nuestro matrimonio. El álbum estaba justo donde siempre había estado, en una gaveta del escritorio, pero no había ni una foto en él. Busqué todos los demás álbumes y estaban exactamente igual, sin fotos. Que extraño, pensé. Se las habrá llevado? De alguna forma me tranquilizo esa hipótesis. Eso significaba que se había ido por voluntad propia y también que me amaba, que quería sentirse acompañada aunque fuera por los recuerdos de nuestros días felices.

Unas horas después recibí una llamada, era mi psiquiatra. Dijo tener noticias y me pidió que fuera lo antes posible a su consultorio. Cuando llegué no pude más que imaginarme lo peor. Esta muerta pensé. Le conté lo de las fotos. Mi siquiatra me tomo de la mano y mirando me a los ojos con compasión empezó a decir:

- Lo que te voy a decir no es nada fácil. Necesito que me escuches con atención. Tú no estas casado. 
-Yo le retire mi mano y la mire con desconfianza. -¿Qué? No entiendo -dije.
- Piénsalo: como es posible que su relación fuera tan perfecta, que nunca pelearan, que estuvieran de acuerdo en todo? ¿Por qué ella no tiene amigos ni familia? ¿Por qué no recuerdas su cara? ¿Cómo explicas que no hubiera fotos en los álbumes? Y tu trabajo, ¿Porque has faltado ya 4 días y no te han llamado?
- ¿Qué clase de broma cruel es esta? dije ¿por que me haces esto? ¿Es que aún estas enamorada de mi? ¿Es eso, no? Saque el frasco de pastillas de mi bolsillo, lo mire y la mire a ella y dije: ¿Qué porquería me diste? ¿Por qué me haces esto? ¿Dónde esta mi esposa? repetía una y otra vez.

Estrellé el frasco contra el suelo y la tomé del brazo fuertemente. Empecé a sacudirla cada vez con más fuerza mientras ella gritaba cálmate, cálmate, yo voy a ayudarte, todo va a estar bien. Súbitamente  mientras la sacudía, su rostro empezó a hacerse cada vez más familiar. Era el rostro de mi esposa. La solté asustado y me quedé inmóvil mientras todos mis recuerdos empezaron a rodar en mi cabeza de atrás hacia adelante como en una película al ser rebobinada y tuve unos segundos de total lucidez. Fue ella todo el tiempo, pensé mientras la observaba fijamente. La escena de los patos en el estaque, las tazas de café en la mesa, la mujer en la cama con un libro en las manos, el vestido azul con flores. Siempre fue ella, siempre, sólo que no la de ahora, sino la de la escuela hace 10 años.

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