En los sótanos del subconciente

Vivíamos en una casa demasiado grande para los tres. Recuerdo que mi padre siempre estaba en su estudio leyendo, mi madre en el salón con sus amigas tocando el piano o tomando el té y yo siempre jugando por ahí, sola. Era una casa antigua llena de pasadizos subterráneos, tengo entendido que fue construida en la época de la violencia, así mi abuelo supongo, quien fue un importante político liberal, podría esconderse cuando llegaran a buscarlo los conservadores con antorchas y machetes en las manos dispuestos a asesinarlo. Nunca sucedió, en vez de eso la red de túneles y sótanos se convirtió en el lugar de mis fantasías solitarias. Nadie sabía de la existencia de aquellos pasadizos excepto yo, que los descubrí por accidente. Primero encontré un manojo de llaves en un mueble viejo mientras jugaba. Luego, también por accidente, encontré cada una de las puertas que abrían esas llaves.

Una noche mi padre me encerró el el closet como castigo por no haber terminado mis deberes. Estuve allí toda la noche llorando. Ya en la madrugada, con frió y hambre, empece a dar golpes a las paredes con la esperanza de que alguien de la servidumbre me escuchara y me sacara. Nadie apareció en mi ayuda pero esa noche descubrí la puerta secreta que había en el fondo del closet y que conducía a los sótanos a través de largos corredores que se hacían más estrechos o más bajos por tramos. Recuerdo el olor a humedad, el terrible silencio y la oscuridad de aquellos túneles, a los que lentamente me fui acostumbrando y sin darme cuenta dejé de temer. En cambio en la biblioteca del estudio de mi padre había un viejo libro de historia que me causaba verdadero terror. Era un libro muy grande y pesado. A penas podía sostenerlo con mis delgados brazos. En él había una foto en blanco y negro de página completa de Rasputín, que se convirtió en objeto de mis pesadillas. Esa mirada penetrante, esa espesa barba y ese cabello enmarañado, eran como estar viendo al mismísimo demonio, pensaba yo y evitaba pasar por la biblioteca o si tenía que hacerlo, si era inevitable, lo hacía corriendo y rezando con los ojos cerrados. La sola presencia del libro en la casa me parecía malévola, como si de él fuera a salir Rasputín de carne y hueso. Un día me armé de valor, tomé el libro y, como pude, abrazándolo contra mi pecho, lo cargué hasta uno de los sótanos más distantes de la casa, lo puse en el suelo en medio de una habitación que cerré con llavé y luego lleve la llave hasta el río que corría a unos pocos kilómetros de la casa y la arrojé con todas mis fuerzas. No volví a sentir miedo. No, hasta el día en que él llegó a la casa. Jamás olvidaré ese día.

Era una mañana muy fría, como casi todas en la sabana. Mi madre me llamó a la sala y con mucha parsimonia me presentó al nuevo asistente de mi padre que se llamaba Amadeo. Era un hombre pálido, delgado y un poco encorvado. Vestía ropa oscura y raída pero trataba de llevarla con cierta dignidad. Mantenía baja la mirada y parecía atento y servicial. Tal vez demasiado, pensé yo. Aún con mi corta edad yo era muy despierta. Comencé a observarlo con cuidado. Había algo en él que no me gustaba; tal vez su modales tan estudiados, como si pensara demasiado cada uno de sus movimientos; su mirada esquiva, nunca miraba a nadie a los ojos; o su voz temblorosa llena de titubeos. Parecía un ser insignificante pero yo sabía que escondía algo.

Al principio permanecía muy callado, sentado al lado de mi padre, observando todo con atención. Después de un tiempo comenzó a portarse con más seguridad. Adoptó algunos de los gestos de mi padre: tomaba el vaso de whisky como si huera nacido con uno en la mano, hablaba y se movía con gracia y propiedad como si siempre hubiera pertenecido a la alta sociedad, vestía más pulcro y elegante y tenía un agudo sentido del humor que no había mostrado antes. Así se fue ganado la confianza de mis padres y de pronto ellos estaban encantados con ese sujeto. Se lo presentaban a todos sus amigos, lo invitaban a cenar, a jugar golf, a entretener a las amigas de mi madre con trucos de cartas en el salón mientras tomaban onces y hasta parecía que ya no caminaba encorvado y miraba a todos a los ojos como si fuera uno más de ellos. ¿Sólo yo me daba cuenta de esta transformación? me preguntaba. ¿Si le contaba a alguien, me creería, a mi, a una niña de 12 años? Tenía que descubrir su juego, tenía que desenmascararlo. Pero ¿cómo? No dejaba de pensar en ello.

Un día intente advertirle a mi padre. Él nunca me escuchaba. Tampoco lo hizo esa vez como era de esperarse. Al día siguiente, Amadeo me miró de una forma tan amenazadora que sentí cómo la sangre se me helaba. Él ya sabía que yo lo había descubierto. Seguro mi padre le había dicho algo. Esa noche no pude dormir. Pensaba que en cualquier momento Amadeo entraría en mi habitación vestido como mi padre y me golpearía hasta matarme o me asfixiaría con mi propia almohada. Durante varias noches soñé que lo hacía pero a veces era Amadeo, a veces Rasputín y a veces mi padre. Y otras veces no podía distinguir si había sido un sueño o en realidad había entrado alguien en la noche a mi habitación vestido como mi padre y me había golpeado.

Pronto fui testigo de más y más transformaciones. Del pálido y tímido hombrecillo ya quedaba muy poco pero lo que más me inquietaba era ver cómo se iba apoderando de la voluntad de mis padres. Ya no se hacía nada en la casa sin consultárselo a él. No sólo vi como cada día se parecía más a mi padre sino como acaparaba la atención de mi madre. Ella estaba embelesada, completamente embrujada por este hombre en el que seguramente veía a mi padre cuando era más joven. Una vez lo descubrí sentado en el escritorio de mi padre, fumando su pipa y leyendo el periódico como mi padre lo hacía siempre y tal como él me gritó que me fuera, se paró y cerró la puerta con fuerza. Fue impresionante. No podía dejar de preguntarme cómo era posible que yo fuera la única que lo notara, como era la única que intuía su naturaleza diabólica.

Un día sin ningún aviso Amadeo dejó la casa. Mi madre me dijo que había tenido que viajar por problemas personales. Me sentí tan aliviada, pensé que todo había terminado. No fue así. Ese mismo día en la tarde mi padre me llamó a su estudio, fui temerosa, pensé que había hecho algo malo y que me castigaría, que había olvidado tender mi cama o recoger los platos de la cena. Me senté a su lado y él tomo mi mano entre las suyas y me sonrió. Sus manos estaban heladas. Me dijo: perdóname hija, perdóname por todo. Su voz sonaba diferente, algo triste. Me miró a los ojos con ternura y fue cuando supe que ese no era mi padre. Él nunca era tan cariñoso y ¿por qué me pedía perdón? De inmediato retire mi mano, mi corazón dio un vuelco y temí que él pudiera escuchar mis latidos. Intente disimular. Sonreí. Sabía que aquel hombre que fingía ser mi padre no podía ser otro que Amadeo. Si se daba cuenta de que lo había descubierto, sabe Dios de que sería capaz, así que traté de tranquilizarme y pensar con cabeza fría. Necesitaba que confiara en mí, necesitaba averiguar que había hecho con mi padre. Tuve una idea. Papá, le dije, tienes que ver lo que encontré. ¿Qué encontraste hijita? me dijo. Él nunca me decía hijita. Ven, acompáñame, dije. Tomé su mano helada nuevamente y lo conduje hacia una habitación, un closet, una puerta secreta, un largo corredor oscuro, otra puerta. Temía por mi vida. Sin embargo sabía que en caso de peligro podía escabullirme por aquel laberinto oscuro y él jamás me alcanzaría. ¿Qué es esto? Repetía él a cada rato, ¿dónde estamos? No tenía idea de que este lugar existiera, decía. Al fin llegamos a uno de los sótanos. Soltó mi mano para encender un fósforo y cuando lo hizo me vio correr y cerrar la puerta con llave a sus espaldas. Corrió hacía la puerta. Espera hija, gritó. Mientras yo corría de regreso al primer piso escuchaba sus gritos cada vez más y más tenues hasta que desaparecieron por completo. Bajé unas horas más tarde pero aún escuchaba gritos y golpes a medida que me acercaba. Temí que lograra salir de alguna forma así que me devolví corriendo. Bajé nuevamente un par de días después, ya no se oía nada. Me acerqué a la puerta y dije con voz temblorosa: ¿qué hiciste con mi padre? Él respondió: hija ¿eres tú? Ábreme por favor, llama a tu madre. Yo empece a llorar y le dije sollozando: por favor dime ¿qué hiciste con mi padre? Si me dices te dejaré ir, lo juro. Él sólo decía: soy yo, soy tu padre, ábreme, llama a tu madre, te prometo que jamás volveré a hacerte daño. Así que me fui y bajé al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Le rogué, le suplique que me dijera dónde estaba mi papá pero él con voz cada vez más débil repetía siempre las mismas frases: Ábreme hija, ve por ayuda, llama a tu madre. Hasta que un día ya no dijo nada más. Desconsolada fui corriendo hasta el rió y tire todas las llaves con rabia mientras lloraba a gritos.

Nunca le conté esta historia a nadie, no me creerían, y nunca supe que había pasado con mi padre, que había hecho ese monstruo con él. Tampoco volví a entrar a aquellos sótanos, que por cierto, ahora que lo pienso, nadie más ha mencionado hasta el día de hoy. No hace mucho encontré unas fotos de esa época en una vieja caja que estaba arrumada en el ático. En una de ellas aparece mi padre al lado de Amadeo. Lo curioso es que en la foto no se parecen en nada. Amadeo era bajo, delgado, de mirada esquiva, lampiño y encorvado y a mi padre era alto, fornido, altivo, de mirada penetrante y espesa barba negra.

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