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Mostrando las entradas de abril, 2013

La felicidad se parece a un dragón y huele a narajas

Tu cabello huele a naranjas. La felicidad debe ser tibia, redonda y amarilla como el sol y oler a naranjas, a césped recién cortado, a tierra mojada después de la lluvia, debe sentirse como el viento tocando mi rostro y sonar como tu voz.

Las nubes se mueven rapidamente. Parecen tranquilas y sutiles pero cambian a gran velocidad: de repente un conejo, de repente un perro.

- Mira, una tortuga - te digo.
-¿Dónde?
- No, ya no. Se desvaneció.

Ahora parece un dragón. Todas las formas indefinidas parecen dragones, pienso.

Te siento tumbado a mi lado mirando al cielo igual que yo. Te miro. Tu sonrisa de niño me hace viajar en el tiempo, a ese día que parece que fue ayer, el día en que te vi por primera vez. Cada vez que te veo parece la primera vez porque eres como una nube, porque soy como una nube: de repente un conejo, de repente un perro.

Vuelvo a mirar al cielo.

- ¿Esto será la felicidad? - te pregunto.
- ¿Dónde? A mi me parece un dragón - respondes.

Flores de papel para ella

La recuerdo sentada en medio del jardín, hipnotizada ante el atardecer contemplando las rosas. Hermosa, primaveral, fresca, radiante. Recuerdo sus ojos siempre a punto de deshacerse en lágrimas, tan ajenos. Nunca pude adivinar en que pensaba. Por Dios, ¿en que piensa cuando se queda mirando al infinito como aquella tarde, como si no me viera, como si  yo fuera invisible?  Me desesperaba esa pregunta, me desesperaba toda ella, siempre ensimismada, muda.
Éramos dos niños, aún lo somos. Era una mujer hermética, inalcanzable, aún lo es. Era una casa inmensa a punto de destruirse. Era un jardín cubierto de rosas blancas. Éramos felices como jamás lo volvimos a ser.
Recuerdo la lluvia que se colaba por cada rincón de la casa, las horas interminables mirando a través de los cristales empañados, el tic tac desesperado del reloj que se fundía con el de las goteras que golpeaban contra el fondo metálico de un viejo platón, los corredores interminables, el olor a humedad, la soledad, las noches de…

Afuera no paraba de llorar

El día en que Erika decidió dejar de llorar lo hizo, así, sin más, como quien decide dejar de fumar y lo deja con pura fuerza de voluntad. Lo había intentado antes, varias veces, pero no era fácil, sobre todo en un mundo en él que todo parecía estar hecho para provocar su llanto. Llanto secreto claro está. No estaba bien visto que alguien llorara en esa ciudad y mucho menos en público. Ella aprovechaba cada segundo de intimidad para llorar. Se encerraba en el baño de la oficina a llorar, lloraba mientras conducía a casa, en la ducha, mientras cocinaba, antes de dormir, al despertar. Para ella llorar era más que uno de esos placeres culposos como comerse las uñas o leer novelas rosa, era un vicio. Pero desde ese día no lo hizo más. En alguna parte había leído que se necesitaban veintiún días para crear un hábito o para romperlo. Si puedo aguantar veintiún días lo habré logrado, se dijo, sin embargo, desde el primer día empezó a sentir los síntomas del síndrome de abstinencia: ansiedad…