Afuera no paraba de llorar

El día en que Erika decidió dejar de llorar lo hizo, así, sin más, como quien decide dejar de fumar y lo deja con pura fuerza de voluntad. Lo había intentado antes, varias veces, pero no era fácil, sobre todo en un mundo en él que todo parecía estar hecho para provocar su llanto. Llanto secreto claro está. No estaba bien visto que alguien llorara en esa ciudad y mucho menos en público. Ella aprovechaba cada segundo de intimidad para llorar. Se encerraba en el baño de la oficina a llorar, lloraba mientras conducía a casa, en la ducha, mientras cocinaba, antes de dormir, al despertar. Para ella llorar era más que uno de esos placeres culposos como comerse las uñas o leer novelas rosa, era un vicio. Pero desde ese día no lo hizo más. En alguna parte había leído que se necesitaban veintiún días para crear un hábito o para romperlo. Si puedo aguantar veintiún días lo habré logrado, se dijo, sin embargo, desde el primer día empezó a sentir los síntomas del síndrome de abstinencia: ansiedad, taquicardia, sudoración. No podía contarle a nadie, eso tenía que superarlo ella sola y para eso tenía que tomar ciertas medidas: dejar de oír música triste, no ver dramas en televisión ni en cine, no repasar una y otra vez los viejos álbumes ni leer y releer las cartas que escondía en una caja de zapatos bajo su cama. Además debía evitar estar sola, quizá empezar a frecuentar algún club, hacer deporte, conocer gente. Todo aquello le parecía demasiado difícil pero era la única opción. A no ser.... pensó, que  pudiera remplazar su vicio por uno menos vergonzoso. Alguno para el que si hubiera centros de ayuda, fumar marihuana por ejemplo o beber alcohol. Descartó la idea de inmediato. A pesar de las aparentes ventajas que tenían esos vicios también tenían un problema: eran caros. El llanto no costaba nada. 

A la mañana siguiente estaba decidida a empezar a hacer deporte, quiso irse al trabajo en bicicleta pero cuando se asomó a la ventana vio que el cielo estaba gris y caían algunas gotas, así que lo dejó para otro día. Qué raro, en esta ciudad nunca llueve, pensó. Al llegar a la oficina a pesar de estar muy ansiosa y un poco molesta trato de ser amable y de hecho, mucho más sociable que otros días. De regreso a casa puso música alegre en el auto y cantó todo el camino. Afuera seguía lloviendo. Así pasó una semana. Ella no lloró y tampoco dejó de llover. El fin de semana estaba lista para ser la persona divertida y alegre que nunca había sido. Llamó a sus amigas para que salieran de fiesta juntas pero ninguna de ellas quiso. Hace mucho frió dijo una, no estoy de animo, sólo quiero quedarme en mi cama viendo televisión dijo la otra. Cuando Erika le preguntó a esta última que qué le pasaba la amiga respondió: no lo sé, llevo una semana así, me siento triste pero no sé por que. Debe ser este maldito clima.

Los días siguientes no paró de llover pero Erika siguió firme. No lloraría por nada, se lo había prometido. Ni el cielo gris, ni la rutina, ni las caras largas en el tráfico, nada la haría llorar, era una decisión irreversible. Ya había pasado más de una semana, sólo tenía que aguantar unos días más. La gente a su alrededor en cambio se veía triste, afligida. Afuera llovía con más intensidad cada día. Sus compañeras de trabajo se paraban a cada rato y se encerraban con disimulo en el baño a llorar. Erika lo sabía, lo había hecho tantas veces. Los hombres se contenían más pero de vez en vez fingían tener un algo en el ojo o tener un ataque de tos o una alergia que les hacia brotar las lágrimas. Debe ser el clima decían todos. Para Erika era una tortura. Era como estar rodeada de gente que bostezaba a cada rato y tener que contenerse. A Erika por momentos le parecía todo muy raro, llegó a pensar que el extraño clima se debía a que ella ya no lloraba, como si ella por años hubiera llorado cada lágrima y cada gota de lluvia de la ciudad y ahora el cielo y los demás lo hicieran por ella.

Habían pasado casi tres semanas y Erika seguía fuerte. Había estado a punto de caer un par de veces pero no lo había hecho. El día veintiuno, a la salida del trabajo, se fue caminando a casa. Ese día no llevó el auto. Por el camino vio un perrito callejero empapado, tiritando bajo la lluvia. pasó saliva y siguió. Luego vio a una anciana que se había parado a pedir limosna frente a un semáforo, se veía hambrienta y cansada. A Erika se le partió el corazón pero siguió sin derramar una lágrima. Donde quiera que miraba había alguien triste, sufriendo o llorando. Cuando llegó a su casa empapada, cansada y con dolor de cabeza notó que sus girasoles, los que había sembrado con su padre estaban muertos. Este maldito clima, dijo en voz alta y se echo a llorar. Lloró, lloró, lloró como nunca había llorado en su vida. Sólo le faltaban un par de horas para cumplir la meta, pero no aguantó y tampoco le importó. Esa noche se quedó dormida llorando. A la mañana siguiente se despertó mucho más tranquila pero se volvió a sentir triste cuando recordó el cielo gris y la lluvia de los últimos días. Aun así abrió las cortinas como cada mañana y que sorpresa se llevó al ver un cielo azul, un sol radiante afuera y todo lleno de colores intensos y mucha gente riendo, caminando, tomados de la mano. Entonces decidió que lloraría cada veces que quisiera, frente a quien estuviera presente, pero en ese momento no tenía ganas de llorar, tomó su bicicleta y salió a la calle. No volvió a llover de esa forma, sólo pequeñas lloviznas de vez en cuando.

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