Flores de papel para ella


La recuerdo sentada en medio del jardín, hipnotizada ante el atardecer contemplando las rosas. Hermosa, primaveral, fresca, radiante. Recuerdo sus ojos siempre a punto de deshacerse en lágrimas, tan ajenos. Nunca pude adivinar en que pensaba. Por Dios, ¿en que piensa cuando se queda mirando al infinito como aquella tarde, como si no me viera, como si  yo fuera invisible?  Me desesperaba esa pregunta, me desesperaba toda ella, siempre ensimismada, muda.

Éramos dos niños, aún lo somos. Era una mujer hermética, inalcanzable, aún lo es. Era una casa inmensa a punto de destruirse. Era un jardín cubierto de rosas blancas. Éramos felices como jamás lo volvimos a ser.

Recuerdo la lluvia que se colaba por cada rincón de la casa, las horas interminables mirando a través de los cristales empañados, el tic tac desesperado del reloj que se fundía con el de las goteras que golpeaban contra el fondo metálico de un viejo platón, los corredores interminables, el olor a humedad, la soledad, las noches de luna en que las flores del jardín parecían bombillas blancas de neón, nuestros juegos inacabables. La recuerdo participando de ellos sin saberlo, siendo el capitán de un barco pirata, una princesa medieval con flores de papel en el cabello, un inmenso árbol, un caballo, una bruja mala y despiadada. La recuerdo en silencio, inmóvil, cada vez más y más inmóvil. 

Mi hermanito y su mirada inquisidora me ponían nerviosa. A mi madre, luego a mi, luego a ella, luego a mi. Él lloraba porque no entendía y yo le decía: es que ella ahora quiere ser una rosa, por eso no se quedó inmóvil mirando al jardín, para convertirse en una. Eso creía yo pero yo era una niña y la infancia y la insensatez siempre van cogidas de la mano.

Éramos dos niños solitarios, salvajes. Jugábamos días y noches sin descanso. Comíamos cuando nos acordábamos cualquier cosa que halláramos en la alacena, sólo para tener fuerzas para seguir jugando.

Una mañana, la misma mañana en que acabó ese invierno, llegó sin avisar nuestra tía Esperanza, la hermana de papá a la que no veíamos desde el funeral. Llegó con un ejercito de sirvientes que limpiaron la casa, repararon las goteras, nos bañaron, vistieron y alimentaron y llevaron a mamá a un cuarto de paredes blancas donde la velaba una enfermera que no nos dejaba entrar. 

Días después mi hermano y yo la encontramos deambulando por la casacon su mirada vacía y sus pasos sin sentido como un ser sin alma. La seguimos, de repente se volteo bruscamente y por un instante sus ojos  se encontraron con los míos. Pensé que me iba a reconocer, que iba a decir mi nombre y a abrazarme y que todo volvería a ser como antes. No fue así. Sus ojos color acero no reflejaron nada y continuó caminando torpemente por la casa. Creo que buscaba la puerta  al jardín.

Al día siguiente vi un pájaro posarse sobre una de las flores del jardín, ¿y si eso es lo que ella quiere? pensé. Se lo dije a mi hermano. Atrapamos uno en una jaula y lo dejamos en la ventana que daba a su habitación mientras espiábamos desde lejos. Ella lo miró y por primera vez creí ver algo en sus ojos, desesperación. Suéltalo, grité. Mi hermano lo soltó y volvió a ella esa expresión lejana de calma, por un segundo sonrió con la mirada para luego volverse a alejar de nosotros por miles de años luz.

Recuerdo aquella tarde en que me asome a la ventana y la vi sentada en medio del jardín, hipnotizada ante el atardecer contemplando las rosas y supe que jamás volvería a tomar mi mano, a decirme mi niña, a estrecharme en sus brazos. Mi hermano, apenas un niño, y yo, que aun guardo flores de papel para ella, habíamos perdido su dulce voz; sus cantos en las noches de insomnio, esas noches en que el temor no nos dejaba dormir; su mirada conciliadora; la suavidad de sus manos en nuestros cabellos; el calor de su cuerpo. La habíamos perdido para siempre.

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