Agorafobia

La tierra era plana para ella. La tierra era ese espacio finito, seguro, familiar que guardaban las cuatro paredes de su casa, en cuyos límites los océanos empezaban a desbordarse y fuera de los cuales todo era caos y confusión.

Agorafobia, según los textos médicos, es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a los espacios abiertos o públicos. Agorafobia, según su experiencia, era ser prisionera en su propia casa.

Fuera de esas cuatro paredes la realidad se transformaba en pesadilla; la tridimensionalidad desaparecía, los objetos y las caras perdían su significado, incluso los colores parecían los de una película coloreada en tecnicolor y los sonidos parecían venir del parlante de un viejo televisor en el que ella misma se veía con extrañeza.

Ataques de pánico, le decía el psiquiatra: el cerebro ante un inminente peligro de muerte se prepara para la huida. Activa el corazón, los músculos y genera elevadas dosis de adrenalina. Cuando los niveles de estrés son casi insoportables, el cerebro, de forma inconsciente, activa un mecanismo de defensa llamado disociación, despersonalización o desrealización que te hace ver todo como un espejismo, como un sueño. Si nada es real no puedo estar en peligro de muerte, te dices. El cuerpo empieza a desestresarse y los síntomas a desaparecer lentamente: la sudoración, la dificultad para respirar, los escalofríos, las náuseas, la taquicardia. Y en seguida le pasaba un frasco con píldoras de color naranja o blanco: antidepresivos, ansiolíticos o un placebo.

Aún con las píldoras en el torrente sanguíneo y una ligera sensación de seguridad el regreso a casa siempre era un martirio. Cruzar la puerta del consultorio, la puerta del ascensor, la puerta del edificio, cualquier puerta, todas las puertas y poner luego los pies sobre la acera desnuda, sobre esa acera que habían pisado miles y miles de personas, eran tareas casi imposibles de cumplir para ella. Podía tardar horas en llegar a su casa.

No podía recordar por qué sufría de esa fobia. Llevaba años asistiendo a terapia con muy pocos avances. La habían tratado con todos los métodos conocidos. Al menos ahora podía asistir a la consulta todas las semanas, una vez por semana.

Una tarde, como cada tarde de miércoles a la salida del consultorio, llegó a la estación del metro con mucha dificultad. Agarraba su bolso con fuerza con una mano y con la otra su frasco de pastillas, como si de ellos dependieran su cuerpo y su vida. Vio un grupo de niños recostados contra una pared, riendo. Recordó que cuando era niña no le temía a nada. En las tardes solía ir con los niños del barrio a la estación. Pasaban agachados por la taquilla para luego saltar el torniquete. Estaban toda la tarde allí mirando los metros pasar. Hacían competencias y apuestas sobre el que más cerca del metro estuviera cuando este pasara de largo a toda velocidad. Ella siempre ganaba; le encantaba sentir el viento en la cara, el mismo que ahora le parecía nauseabundo. Recordó esa escena con nostalgia y por un segundo se olvidó de su aflicción.

Cuando volvió en sí el suelo a sus pies se movía. Todo se movía a su alrededor. Tuvo que acurrucarse para detener la sensación. La gente pasaba de afán a su lado sin mirarla, sin detenerse. La empujaban, la golpeaban. Un hombre pateó su mano y el frasco de pastillas salió a volar sin que ella pudiera detenerlo. Mientras intentaba seguirlo con la mirada llegó el metro, el que supuestamente la llevaría a casa, pero una ola de gente la arrastró lejos de la puerta. No alcanzó a entrar.

Salió de la estación aún aturdida, decidida a tomar un taxi. Necesitaba estar en su casa inmediatamente. Pero ¿tomar un taxi en la calle? No, eso era inconcebible. Tendría que llamar uno. Pero antes de que alcanzara a abrir el bolso para buscar el teléfono este le fue rapado de las manos. Cuando comprendió lo qué había pasado, su primera reacción fue maldecir, pero el hombre ya iba demasiado lejos como para escucharla.

Maldita ciudad, dijo en voz alta ¿Quién no querría encerrarse en su casa y no salir nunca más? ¿Acaso necesito más razones? Estaba a punto de llorar cuando se dio cuenta de que estaba parada frente al restaurante donde había trabajado como mesera cuando era joven. Una chica adolescente salía de él en uniforme de mesera tomada de la mano de un muchacho. Se despidieron con un beso y partieron en direcciones opuestas. Se acordó de cuando era adolescente. También estaba enamorada. Sentía que el amor la protegía y protegía a quien ella amara; por eso no le temía a nada. Qué bueno sería tener esa sensación otra vez, pensó, y la inundó una terrible nostalgia.

No le gustaba recordar el pasado. Había tenido buenos y malos momentos, no tenía sentido recordar los buenos; para qué si nunca volverán, se decía, y los malos mucho menos. Sin embargo, otra vez tenía esa sensación de irrealidad, pero esta vez mezclada con la nostalgia. Parecía como si se hubiera transportado al pasado. La tarde se tiñó del color del pasado, el aire se llenó de olor a pasado, todo parecía haber retrocedido quince años. ¿y si esa despersonalización que los psiquiatras consideraban una alucinación fuera la realidad y la verdadera alucinación fuera la sensación de no estar a salvo en ninguna parte? se preguntó. No importaba. Solo importaba que en ese momento y en ese lugar se sentía bien, segura, tranquila como hacía mucho no se sentía.

Empezó a caminar en dirección a su casa. Ya nada peor podría ocurrir, pensó. Quería llegar lo más pronto posible, así que no dudó en tomar un atajo que solía tomar antes de empezar a sufrir ese trastorno. Tenía que atravesar un parque inmenso. Mientras caminaba entre los árboles vio a una mujer joven que iba distraídamente a unos veinte metros de ella. La mujer traía un abrigo marrón y un bolso del mismo color. Vio a un hombre salir de la nada y aproximarse a la mujer por atrás. La mujer no lo había visto. Él llevaba algo brillante en la mano. De repente sintió el frío metal de un cuchillo atravesar su piel y la sangre tibia que empapaba su ropa lentamente. Se tocó. No había nada. Tardó solo unos segundos en recordarlo todo. Allí en ese mismo lugar, hacía quince años, había sido atacada. Desde ese día había empezado a sentir miedo de estar en lugares abiertos. Pero esta vez podía impedir que la vida de alguien cambiara dramáticamente como había cambiado la de ella. Comenzó a gritar y a hacerle señas a la mujer, que aún no se había dado cuenta de nada, pero la mujer no volteaba a verla, así que salió a correr hacia ella gritando: cuidado tiene un cuchillo, cuidado. El hombre tampoco la vio hasta que estuvo muy cerca. Ella se abalanzó contra la mujer y rodó con ella un par de metros. El hombre, al ver esto, huyó.

Estuvo en el suelo varios minutos agotada después de todo lo que había sucedido. El corazón le latía fuertemente y se le dificultaba respirar. Aún sentía ese sabor, ese olor y ese aire a pasado ¿Realmente era el pasado? Se volvió buscando a la mujer pero no la vio por ningún lado. Se levantó, se miró las manos y la ropa. Traía puesto el abrigo y el bolso marrón en la mano.  Acaso, ¿ella era la mujer a la que acababa de salvar? Se sentía confundida, como si acabara de despertar de un largo sueño. Lo único que sabía es que ya no sentía miedo.


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