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Las tres compartíamos un apartamento en Soho. Nos mudamos allí para estar en el corazón de la gran manzana, en el centro del mundo, donde todo pasa. Era un apartamento pequeño en un edificio antiguo con pisos de madera, techos muy altos, grandes ventanales de forma ojival y escaleras de incendio de hierro pintadas de negro, como casi todos los apartamentos de esa zona. En invierno teníamos calefacción pero en verano el calor era insoportable, no teníamos aire acondicionado, estaba dañado cuando llegamos y no lo pudimos reparar. Dormíamos con las ventanas abiertas y con un bate de béisbol al lado de la cama; aunque era un bario seguro y estábamos en un sexto piso, estábamos acostumbradas a esperar cualquier cosa en esta ciudad. Soñábamos con tener una vida bohemia, con pasear por los mercados callejeros, las tiendas de antigüedades, las galerías de arte y los almacenes de ropa vintage en las tardes y luego sentarnos en un bar o un café para hablar de música, libros, arte. Yo quería ser una fotógrafa reconocida, María quería ser escritora y Karen era Arquitecta, soñaba con tener su propio estudio, pero la realidad era que teníamos que trabajar doce horas al día en lo que fuera y muchas veces hasta aguantar hambre para poder pagar el alquiler. De las tres Karen  era la que más cerca estaba de cumplir su sueño: era asistente en un estudio de arquitectura, María hacia traducciones en el día y en la noche era camarera en un bar de la zona,  y yo era ayudante de chef en un restaurante de la Pequeña Italia .

A finales del último verano dejé el apartamento y a mis dos compañeras. Encontré algo que me hizo cambiar por completo mi visión, una razón para dejar ese trabajo de mierda y ese apartamento costoso que me hacia su esclava e intentar de una vez por todas dedicarme a lo que realmente amo. Antes no sabía muy bien que fotografiar, hacía fotografías sin corazón, disparaba la cámara casi automáticamente cuando creía ver algo estético. Pero ¿qué es lo estético al lado del significado de los espacios? Ahora fotografío los edificios en ruinas de la cuidad y las personas que los habitan, intento capturar el pasado, las manos que los construyeron. Intento que mis fotografías le cuenten al mundo las historias que allí transcurrieron.

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Algún día voy a ser escritora. Para mí entrar en una librería es como entrar en una tienda de mascotas. Esos pequeños libros en los estantes me miran con ojos ansiosos y me piden llorando que los lleve a casa, que cuide de ellos, que los consienta. ¿Cómo negarme? Mis libros mascota se dejan cuidar, se dejan limpiar, pasear, amar, y me aman como cualquier mascota amaría a quien les da de comer. En cambio para mis dos amigas los libros eran algo completamente distinto. Para Camila buscar un libro era como buscar al amor de su vida. Tenía pocos libros, la mayoría de ellos arrumados en un rincón de su habitación acumulando polvo. Los leyó, los abandonó desilusionada y siguió buscando el libro perfecto, el príncipe cyan, magenta, amarillo y negro, su alma gemela de papel, pero ese libro, al igual que el príncipe azul, probablemente no exista. Para Karen en cambio los libros eran como amantes. Nunca compraba libros y mucho menos nuevos. Los libros que llegaban a sus manos habían pasado por decenas de manos antes y seguían su curso de mano en mano.

Una tarde de verano caminábamos por el barrio buscando un sitio donde tomarnos un refresco y como siempre arrastré a mis dos amigas a una librería, la que estaba de moda en la ciudad: La Madriguera del Conejo. Con ese nombre mi teoría de los libros como mascotas no parece tan absurda, pensé. Di algunas vueltas por la librería buscando un pequeño libro que pareciera un reptil: una tortuga o una lagartija. Algo pequeño y fácil de cuidar. Cuando me di vuelta buscando a mis amigas ambas estaban inclinadas sobre un libro gigante. Era pesado y grueso. Karen lo levantaba mientras Camila acariciaba su lomo. Ambas lo miraban asombradas. Karen o abrió. Acarició sus páginas con cuidado, lo llevó hasta su nariz y lo olió. Me acerque con curiosidad. Era un libro de historia de la arquitectura de la ciudad llamado Yesterday New York Architecture. No puedo negar que era hermoso. Su cubierta forrada en cuero, la calidad de la impresión y de las fotos, la suavidad de sus hojas, todo era impecable. Si, era un libro muy bonito pero no era el libro para mí. Si fuera una mascota sería un caballo. No tendría un estante o establo lo suficientemente grande para guardarlo, no lo podría llevar a ningún lado, no podría leerlo en el metro ni en el parque y probablemente ni siquiera lo entendería ni él a mi. Karen en cambio estaba enamorada, se le veía en los ojos. Nunca creí en sus amores de una noche, nunca creí cuando me decía que jamás se enamoraría pero tampoco creía en el amor a primera vista, hasta ese día. Camila reconoció también que era un hermoso libro pero no estaba interesada en la arquitectura, así que como tantas otras veces lo dejó ir. Karen sacó de su bolso un par de billetes de 100 dólares y fue con el libro apretado contra su pecho hasta la caja. Ahora tenía un libro, por primera vez en su vida podía decirlo.

Al llegar al apartamento Karen se encerró en su cuarto con el libro. No salió en dos días. Me imagino las intensas jornadas de amor entre el libro y ella. Me imagino las caricias de ella y las hermosas palabras que él le susurraba al oído. Me imagino como él la abrazaba en las noches con sus suaves páginas abiertas mientras yo alimentaba a mis pequeñas lagartijas, ratones, pájaros, gatos y perros.

Cuando al fin salió no salió sola. Llevaba el libro consigo a pesar de lo pesado y aparatoso. Camila y yo nos miramos como diciendo: esta loca y seguimos cada cual en lo suyo. Así pasaron varias semanas. Karen no soltaba el libro para nada. Lo llevaba incluso al trabajo. No sé como podía meterse en el metro con ese libro. Me la imagino dando tumbos, golpeando y empujando a todos, tropezando y tambaleándose a la salida.

Después de un tiempo Karen dejó de llevar el libro y un día me dijo que alguien había entrado por la ventana en la noche y se lo había llevado. Ese mismo día más temprano Camila se fue del apartamento sin dar muchas explicaciones, cuando me dijo que se iba ya tenía sus maletas en la puerta. No tuve tiempo de asimilarlo. En la tarde Karen y yo decidimos que nos iríamos también. Nos era imposible pagar el arriendo sin Camila y además teníamos miedo: ya no era un lugar seguro para vivir después del robo.

Me dolió dejar el apartamento pero al fin tuve tiempo para empezar a escribir. Lo que más extraño es a mis dos amigas. Después de ese día nada fue igual, aún no entiendo porque. Creo que pasó algo entre ellas que no me quisieron contar. Algo relacionado con el libro.

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Al principio los días con Karen eran maravillosos. Ellas era apasionada y divertida. Estuvimos hablando hasta la madrugada, nos nos cansábamos de mirarnos ni de acariciarnos. Íbamos de paseo por la ciudad, pero después de unas semanas empecé a sentir que ella era demasiado posesiva. No me soltaba nunca, no dejaba que nadie más me mirara. Creo que estaba obsesionada conmigo. Empece a sabotearla en el camino al trabajo para que tuviera que dejarme en casa. Golpeaba a todos en el metro, los empujaba, me caía.

En el apartamento había otras dos chicas, Camila y María. Cuando Karen por fin empezó a dejarme solo pude pasar más tiempo con María; nos entendimos bien. Ella es artista. Es sensible y romántica. Creo que yo le guste desde el principio. Solo necesitaba estar con ella a solas para mostrarle que no soy frío y calculador como ella creía. No solo hablo de rígidos edificios de piedra y hierro colado también tengo historias que contar. Le conté cómo estos "cien acres del infierno" que ahora conocemos como Soho pasaron de ser una zona comercial barata para convertirse en el lugar de moda para toda clase de artistas. Le conté la historia de la antigua sede del Guggenheim, del Haughwort Building, del Little Singer Building, del Roosevelt Building y de la calle Greene. Noté en sus ojos que esas historias la conmovían, noté que ella quería saber más y yo quería contarle, así, poco a poco, nos fuimos enamorando. Supimos que nunca más podríamos vivir el uno sin el otro.

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Encontré ese hermoso libro de historia de la arquitectura en una librería cercana. Era realmente hermoso, no solo por su contenido sino por lo prolijo de su impresión y encuadernación. Pero yo no tenía mucho tiempo de leer, mi trabajo como asistente en una oficina de arquitectura era extenuante así que aprovechaba cada segundo libre para leerlo. El problema es que el libro era demasiado grande. Aún así me las arreglaba para llevarlo en el metro todos los días. Hasta que por fin terminé de leerlo y comencé a dejarlo en mi habitación.

Un día sentí que algo extraño estaba sucediendo con Camila, ya no me miraba a los ojos, me evadía. Se sentía culpable, ahora lo sé. Mientras yo no estaba Camila entraba a mi cuarto y leía en secreto el libro. No lo entiendo, si me lo hubiera pedido se lo habría prestado con todo gusto. Yo ya lo había terminado.

Una mañana Camila había empacado sus cosas. Me dijo que se tenía que ir. Entró en mi habitación mientras yo me duchaba. A través de la puerta escuché su explicación un poco forzada y un "lo siento"; cuando salí ella ya no estaba. Tampoco el libro. Fue devastador, quedé con el corazón destrozado, no por el libro; hay muchos libros allá afuera, sino por la traición. No le conté a María, ellas eran amigas desde antes de conocerme. Nunca nos volvimos a ver y tampoco me volví a encaprichar con libros costosos.




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