Un día infinito (ejercicio)

Hoy ha sido un día infinito. Salí temprano de mi casa como cada mañana rumbo al trabajo y como cada mañana caminé. Mientras lo hacia comprendí que caminar es una ación imposible. Apoyarse en un pie mientras se balancea el otro en el aire, cambiar involuntariamente el centro de gravedad e ir del punto A al punto B sin saber que entre el punto A y el B se encuentra el infinito y, sin embargo, llegar. Caminar es una paradoja: si dividiéramos la distancia entre esos dos puntos en la mitad, y a su vez, esa mitad en la mitad, y a su vez, esa mitad en la mitad, jamás llegaríamos a nuestro destino, pero llegamos. ¿Cómo es posible que nuestros pies sobrevuelen el infinito sin saberlo? ¿Cómo creemos pasar de un punto a otro intactos cuando en realidad fuimos arrastrados por el infinito entre un paso y otro? El infinito no tiene fin, eso dicen, así que quien aparece misteriosamente en el punto B no es uno mismo, es alguien más, un impostor.

Un matemático indio hace varios siglos pensó en el infinito, antes que cualquier otra persona en el mundo. Él fue de ese punto A al B sabiendo que era imposible. Cuando uno piensa que es posible no tiene ninguna gracia, pero él sabía que el infinito se agitaba bajo sus pies como un remolino en el fondo del mar y no titubeó, dio ese salto de fe al que llamamos caminar. 

Cada día ando los mismos pasos: de mi casa a mi oficina, de mi oficina a mi casa. Eso creo. No pienso en el infinito, ni en el matemático indio, ni en la fe, ni en mi centro de gravedad, ni en mis músculos, tendones y articulaciones, ni siquiera pienso en mi cerebro pensando en el punto A y el punto B. No doy un salto de fe porque no soy consciente de la imposibilidad de cada paso (hasta ahora). Ni siquiera soy consiente de ser una persona distinta.

Mi verdadero salto de fe consiste en levantarme cada mañana, a las siete en punto. En dejar de ser nadie: neuronas y energía flotando en el mundo de la inconsciencia, para convertirme en alguien que tiene un nombre, una familia, un trabajo al cual ir cada mañana. Es un salto de fe porque no puedo estar segura de ser la misma cada mañana después de haber sido nadie durante siete horas. Ser nadie tiene que cambiarlo a uno tal como saltar al infinito, es decir, no transformarlo en algo mejor o peor, sino remplazarlo por alguien más. Así, cada mañana, y si, ahora que lo sé, a cada paso, soy una persona diferente, literalmente. Soy eso o alguien imposible como la acción de caminar. 

Camino hasta mi oficina con esa idea en cabeza. Camino con las manos  en los bolsillos mirando al suelo mientras tarareo una canción. Por momentos olvido que es imposible que llegue a mis destino y me angustio por el retraso. Acelero el paso. Miro el reloj. Ya en la oficina a cada minuto mientras se acerca la hora de salida añoro esas horas en las que soy nadie, tal vez porque el ciclo constante de caer al infinito y ser remplazado es agotador. Mientras pueda permanecer en un mismo punto todo estará bien, me digo, pero no es así. Además, por si fuera poco, soy alguien diferente para cada persona que me mira, desde cada ángulo, desde cada versión de él mismo. Nuevamente aunque intente quedarme quieta como una estatua o perder la consciencia de mi misma, soy otra persona, y otra y otra y otra y parece una tarea de nunca acabar. Lo es, de hecho, es el infinito, donde o cuando quiera que eso sea o suceda y es agotador. Es por eso que llego tan cansada cada noche a mi casa.

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