El ángel exterminador
Después de una cena en una mansión un grupo de personas es incapaz de salir a pesar de que las puertas están abiertas, no saben por qué. A medida que pasan los días todo empieza a decaer y deteriorarse, los invitados se desesperan y el hambre, el miedo, la rabia —todo lo que la buena educación mantenía a raya— sale a flote. Ese es el argumento de una película de 1962 dirigida por Luis Buñuel, El ángel exterminador. Exactamente así me sentí aquella semana en mi propia casa. Como en una comedia surrealista.
Día 1
Todo empezó cuando decidí asistir a un seminario al que varios ex compañeros de la universidad, que no veía hacía 10 años, asistirían.
El seminario era sobre restauración y memoria, o algo así, no recuerdo bien el título. Lo dirigía alguien a quien todos parecían conocer pero yo no recordaba haber oído nombrar. Hablaba con una seguridad que llenaba el espacio. Cuando alguien preguntaba algo hacía pausas largas antes de responder como si cada pregunta mereciera ser considerada profundamente, aunque sus respuestas no siempre justificaran la espera. Los demás asentían, tomaban notas, se reían en los momentos correctos. Yo lo escuchaba intentando encontrar lo que ellos encontraban.
Al final del seminario alguien propuso ir a un bar a tomarnos unas cervezas y a ponernos al día sobre nuestra vidas. En realidad no sé por qué fui, nunca me llevé bien con ellos, bueno, tampoco mal, simplemente me eran indiferentes y yo a ellos. Tal vez cruzamos un par de palabras en algún corredor, coincidimos en algún trabajo grupal, nos encontramos en el paradero del autobús o compartimos algún almuerzo y eso fue todo. Quería demostrarme cuánto había cambiado. No lo sé.
Cuando empezaron a preguntarse entre ellos sobre sus hijos, sus trabajos, sus últimas vacaciones, me di cuenta de que la mayoría seguían en contacto. En ese momento supe que ir a ese lugar había sido un error. La vieja sensación de estar en el lugar equivocado había regresado. La música sonaba tan fuerte que cada conversación parecía una competencia contra el ruido. Todos parecían reconocer las canciones apenas empezaban; yo sentía un cansancio irracional desde los primeros segundos de cada una. Cuando, al fin, una mujer reparó en mí y muy amablemente me preguntó qué había sido de mi vida, dudé un minuto. Yo no tenía prácticamente nada que contar: soltera, sin hijos, con un trabajo que me apasionaba pero rutinario a los ojos de otros, que absorbía la mayor parte de mi tiempo y me daba apenas para vivir, cómodamente sí, pero sin lujos, sin viajes, sin fiestas, sin recuerdos memorables o anécdotas interesantes.
Me había tomado un par de cervezas para estar a tono. A veces, en situaciones sociales permanezco muy callada y atenta a mi postura y gestos, otras, en cambio, hablo sin parar. En esta ocasión fui la segunda. Empecé a contar con todo detalle los pormenores de mi trabajo como restauradora de arte y cada situación graciosa que pude recordar en un esfuerzo sobrehumano por parecer tan relajada y segura de mí misma como ellos.
Me escuché contándoles que me había comprado un Volkswagen escarabajo rojo que se recalentaba en las pendientes. Alguien preguntó ¿qué haces cuando tienes que ir, por ejemplo, a La Calera? Hubo un silencio. De hecho, tengo familia en La Calera. No los he visto en dos años, respondí.
Me escuché contándoles la vez que conocí a alguien famoso en un autobús y no lo reconocí hasta que ya tenía que bajarme, pero me bajé igual porque no tenía dinero para tomar otro de regreso a casa y estaba muy cansada para caminar. Se rieron y me preguntaron quién era. No me acuerdo, les dije.
Me escuché contándoles que, ya adulta, compré unos patines y como no sabía patinar salí a hacerlo a medianoche para que nadie me viera, y en la oscuridad tropecé y caí. Alguien preguntó si me había lastimado. Sí, me rompí el tobillo, dije. ¿Y seguiste patinando? preguntó alguien más. No, me fui a urgencias, dije.
Sentí que me estaba esforzando demasiado y que se notaba. No dije nada más por un rato.
Entonces el director del seminario se me quedó mirando, y sonriendo con calma, me preguntó ¿Con quién vives? Ingenuamente le respondí que sola, a lo que él dijo, ah! ya sé quién me va a dar posada esta noche y todos reímos.
Al despedimos él permaneció a mi lado sin decir una palabra mientras yo pedía un taxi. Cuando llegó, se subió a mi lado. No dije nada, pero ya sentada le pregunté, confundida: ¿a dónde vas? A tu casa, dijo, tú me invitaste. Seguimos. Yo miraba por la ventana sin saber qué responder. Me veía calmada pero mi cuerpo estaba totalmente rígido. Ya había experimentado esta sensación antes: es como cuando uno despierta pero el cuerpo todavía está dormido, sin poder moverse. Quería hacer algo, decir algo, pero no podía.
¿Quién era este individuo?, repasaba en mi cabeza: un antiguo compañero con el que apenas había cruzado unas palabras. Más allá de eso ¿qué sabía de él? Trataba de hacer memoria pero me distraía un olor. Era él, tenía un olor sutil pero perceptible, como si se hubiera quedado dormido sobre una bolsa de basura.
Me dije que sería solo una noche. Que qué podía pasar. Que de seguro estaba confundido, que había malinterpretado mis palabras. Que era alguien respetable, alguien a quien todos mis compañeros conocían. Me lo repetí varias veces, para convencerme aunque sabía que no era del todo cierto.
Cuando llegamos a mi casa le mostré el sofá. Expliqué que era cómodo, mencioné que tenía mantas. Él me escuchó con la misma atención con que se escucha el ruido de fondo y subió directo a la habitación. Lo seguí.
En algún momento dejé de sentir que lo estaba siguiendo, como si yo hubiera salido de la escena: él estaba ya acomodándose en mi cama con toda naturalidad, ahuecando la almohada, examinando el colchón con pequeños saltitos como quien prueba el colchón de un hotel. Le dije que el sofá estaba abajo, en la sala. Me dijo que en la cama estaría más cómodo. Con la voz quebrada le dije que esa era mi cama. Me miró como si yo hubiera dicho algo simpático pero impreciso y siguió acomodándose. Si te molesta, me voy al sofá, dijo ya con la cabeza en la almohada mientras bostezaba, pero no se movió ni un milímetro. No sé cuánto tiempo estuve parada en el marco de la puerta. Lo suficiente para darme cuenta de que no iba a decir nada más. Muerta de cansancio, fui a buscar una manta y me instalé en el sofá que le había ofrecido a él.
No pude dormir. En el sofá, mirando al techo, pensé en todo lo que había dicho esa noche en el bar. En lo fácil que me resulta hablar de más y en cómo, cada vez que lo hacía, sentía luego una opresión en el pecho.
Vivir sin secretos
—En los viejos tiempos, si alguien tenía un secreto que no quería compartir, ¿sabes qué hacía?
—No tengo ni idea.
—Subía a una montaña, buscaba un árbol, le hacía un agujero y susurraba el secreto. Luego lo tapaba con barro y dejaba el secreto allí para siempre.
Le dice Chow Mo-wan a Su Li-zhen en In the Mood for Love, de Wong Kar-wai.
¿Qué susuraría yo en el agujero? No tengo secretos. Y no es porque no tenga nada que esconder, hay cosas que desearía no haber contado en su momento, es porque mi ansiedad social no me permite guardarme nada; entonces aparece la culpa. Culpa no por lo que hice, sino por lo que dije que hice, por quien mostré ser.
La pregunta que siempre me produce vértigo es ¿qué hará ese otro con la información que le he revelado? ¿construir una versión de mi que no me gusta y no puedo controlar? Al fin y al cabo todos somos criaturas de Frankenstein en la mente de los demás. Nos crean con los pedazos que decidimos darles y cuando no lo decidimos no nos queda más que confiar en que, como dijo alguien*, no vean el mundo como es sino como son y sean lo suficientemente compasivos para no usarnos en nuestra contra.
• Cita leída en internet y atribuida a Anaïs Nin , Jiddu Krishnamurti, Kant, Eckhart Tolle, Herman Hesse y Buda.
Día 2
Contaba los minutos para que fuera una hora decente y poder levantarme. No va y fuera a despertar a mi, llamémoslo, no invitado.
Muy a las seis de la mañana yo ya estaba bañada, vestida y sentada en mi taller trabajando. A las ocho hice algo de desayuno para mi, no sabía qué podía querer él, a las diez hice un poco de ruido para que por fin se despertara y se fuera. Dormía como si estuviera en su casa. Apenas a medio día se levantó.
Lo primero que hizo al ver la hora fue preguntarme si tenía hambre, si había comido algo y luego dijo: hagamos algo de almuerzo ¿qué hacemos? ¿Tienes pasta o vamos al supermercado? ¿No serás vegetariana, no?
Yo estaba sorprendida de su audacia, aún así le dije bueno, vamos. Fui hasta la puerta, me puse los zapatos bruscamente para que él lo notara. Él andaba con zapatos por toda la casa como si nada. ¿No vio el zapatero en la entrada? Me sentí tentada a decirle: ve tú y luego no dejarlo entrar, pero sabía que eso solo pasaría en mi cabeza.
Fuimos a la tienda más cercana, seleccionamos la pasta, algunos tomates, una cebolla, ajos, algunas verduras y una libra de carne molida, y a la hora de pagar se distrajo con unas revistas.
Cuando llegamos se ofreció a preparar el almuerzo. —Ya que tú pagaste —dijo—, además la pasta es mi especialidad. No tuve objeción.
Me pidió que lo ayudara a descongelar la carne, lavar y picar las verduras y hacer la salsa mientras él estaba pendiente de que hirviera el agua para echar la sal. En eso me habló de un estudio que afirmaba que todas las cocinas domésticas están más sucias que un baño público. Lo dijo con el tono de quien comparte una verdad incómoda pero necesaria, aunque yo sospeché que en realidad intentaba establecer que limpiar no valía la pena, que era un esfuerzo inútil.
—¿Un baño público? ¿Cómo se te ocurre? Mi cocina no —dije con gesto de asco.
No dijo nada más.
El almuerzo, sin embargo, le había quedado sorprendentemente bien, un poco salado pero bien.
Después del almuerzo empezamos a hablar de arte. Al principio lo escuché con interés. Parecía saber muchísimo. Citaba autores y movimientos con una facilidad que me hizo sentir ligeramente ignorante, como si yo hubiera llegado al arte por accidente y él llevara años habitándolo. Traté de seguirle el ritmo, esperando el momento de mencionar algo que demostrara que yo también sabía de lo que hablaba.
Pero pronto me di cuenta de que no era una conversación sino una conferencia. Hablaba sin mirarme, como si mi reacción fuera un detalle irrelevante. Caminaba por toda la sala, tomaba objetos, los examinaba y los dejaba en cualquier parte, no necesariamente donde los había encontrado.
Cuando yo decía algo esperaba con una paciencia levemente condescendiente a que terminara, y luego continuaba desde donde él había quedado, como si yo no hubiera dicho nada.
En algún momento mencioné a Remedios Varo. Enarcó una ceja. ¿Remedios Varo? Claro, Remedios Varo. La favorita de la gente que se cree única, dijo. Luego me explicó por qué Remedios Varo era una trampa para sensibilidades no entrenadas: la llamó estética de la falsa disidencia. Yo tenía tres reproducciones y una biografía de ella en mi taller. No dije nada.
Insinuó que mis gustos eran más predecibles de lo que yo creía, casi de manual, los gustos de alguien que ha leído lo suficiente para saber qué debe gustarle pero no lo suficiente para cuestionarlo y citó un par de personas que yo no conocía.
—El problema es la academia —dijo en un punto—. Lleva décadas premiando la mediocridad. Tomó una de mis figurillas de la repisa y la puso en la mesa, justo enfrente de mí. Me pregunté a quién se refería.
Yo asentía e incluso sonreía, mientras, en mi mente, refutaba cada argumento tarde, citaba a mis propios autores cuando ya no venía al caso, defendía a Remedios Varo como si eso cambiara algo, y sobre todo, le pedía que dejara en paz las malditas figurillas, me distraían.
Hacia las seis de la tarde le pregunté si no tenía que irse. Me respondió algo sobre un tema que yo había mencionado antes, como si no me hubiera escuchado. A las ocho le dije que yo me acostaba temprano. Siguió hablando. Cerca de la media noche, cuando le pregunté por última vez, me miró con una expresión entre sorprendida y divertida y dijo que ya era demasiado tarde, que a esa hora no pasaban buses. Tenía razón y lo sabía. Entonces sonriendo, como si fuera un chiste, dijo: te va a tocar darme posada otra vez.
¿Oí bien? ¿Que me iba a tocar, dijo?
Molesta le dije que bueno, pero que esta vez él dormiría en el sofá. Asintió sin dejar de sonreír.
Caí en la trampa otra vez, pensé mientras cambiaba las sábanas de mi cama. No pude dormir tampoco esa noche repasando todos y cada uno de los artistas que me habían obsesionado desde que era adolescente. Tratando de recordar qué había sentido la primera vez que había visto alguna de sus obras.
Sentido de pertenecía
Recuerdo una conversación con mi hermano mayor cuando éramos niños. Yo le decía: no entiendo por qué la gente es hincha de un equipo de fútbol; cambian los jugadores, el técnico, los dueños, el uniforme, el nombre. ¿A qué le son leales? Algunos ni siquiera son seguidores del equipo de su ciudad o de su país.
—A los otros hinchas —me dijo—. Le son leales a los otros hinchas.
—No entiendo, respondí.
—Claro que no entiendes. No conozco a nadie menos interesada en pertenecer a un grupo que tú.
Sí estaba interesada, solo que no sabía cómo hacerlo. Renuncié a esa idea muy temprano y me dediqué casi por completo al arte y la música.
Creía que había construido algo propio, que mis gustos decían quién era porque me hacían erizar la piel antes de pasar por la corteza prefrontal. No había considerado que incluso eso era una forma de pertenecer: al grupo de los que no encajan.
Día 3
Me levanté temprano, me bañé, desayuné y me puse a trabajar como siempre. A eso de las diez y media lo vi revoloteando cerca de mi puerta, quizá esperando a ver si le preparaba algo de comer. Traté de ignorarlo; no quería darle más importancia de la que ya creía tener. ¡Ay, si supiera que estuve dándole vueltas toda la noche a su tonto discurso, pensé, y me reí. Gran error: creyó que mi sonrisa iba dirigida a él. Se acercó, me saludó y se sentó a mi lado.
—¿Hace cuánto vives aquí?
—Hace dieciséis años.
—¿Tanto? ¿Y por qué no te has ido?
—La casa es mía.
—¿Tuya o del banco? —se rió.
—Mia —dije.
—Ya veo. ¿Cuánto te demoraste pagándola?
—Quince años.
—Wow. No entiendo a la gente que hace eso. Y ¿si quieres viajar o te aburres de vivir siempre en el mismo barrio?
Hizo una pausa larga, y luego prosiguió como para sí mismo.
—Atarse a una casa, estar pendiente de los servicios, los impuestos, toda esa burocracia, eso no es para mí. Eso es para… se frenó.
¿Esclavos? Completé en mi cabeza.
Enseguida y tratando de cambiar el tema, me pidió que le preparara algo de comer. Ignoré la casi orden y le dije que en la cocina tenía todo para que él mismo preparara lo que quisiera.
¡Ay! pero a ti te gusta cocinar, ¿no?, dijo, y me guiñó el ojo.
Suspiré y de mala gana me levanté y le preparé un café y le pasé pan. Cuando me pidió huevos lo miré, no sé con qué cara, pero no insistió. Él mismo fue y se los preparó. Luego volvió a sentarse a mi lado con un libro en la mano.
—¿Cuánto valdrá esta casa hoy? —preguntó.
—Unos trescientos millones —dije.
—¿Trescientos? ¡uy! Pero ni que fuera en el norte. Ni siquiera tiene jardín y mira las tejas, ya es momento de cambiarlas. ¿No?
Parecía estar muy indignado por el precio de la casa. Estuve tentada de decirle que aumentaría con cada minuto que él permaneciera.
—Oye, esta noche me dejas quedar otra vez. ¿Cierto? —dijo, tratando de sonreír.
No respondí nada.
Noté que evitaba mirar mis manos: tenía el cuello tenso, en un ángulo raro y pasaba las páginas demasiado rápido como quien finge leer. Tampoco preguntaba nada sobre mi trabajo, como si no le produjera la más mínima curiosidad, aunque una vez lo pillé justo en el momento en que dejaba de mirar, o eso creí.
—Nunca tendría paciencia para hacer algo tan minucioso —dijo al fin, y no supe si era admiración o desprecio.
—Veo, respondí. Y regresé a la pieza que tenía que entregar esa tarde.
—Las tejas, como si supiera algo de tejas —dije al cabo de un rato, sin darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.
—Que bien me conoces —respondió.
—¿Yo? No te conozco para nada —dije.
—Sí, me conoces, lo que ves es lo que hay, dijo él.
Entonces pensé en todas las cosas que no sabía de él y sentí un escalofrío. Ya no pude concentrarme en el trabajo. Pasé el resto del día pretendiendo trabajar mientras lo espiaba. Se la pasaba sentado con un libro en la mano, detrás del cual tenía escondido el teléfono. Pasaba horas haciendo scroll y de vez en cuando soltaba una carcajada.
Esa noche, por primera vez en dieciséis años, puse seguro a la puerta de mi habitación, aún así no pude dormir pensando en por qué lo dejé entrar en primer lugar y en cómo esa situación podría escalar como en una película de suspenso.
Lo cortés no quita lo valiente
Recuerdo esa escena en La chica del dragón tatuado donde el asesino le dice al detective:
“¿Por qué la gente no confía en sus instintos? Sabías que algo no estaba bien, pero volviste a entrar a la casa. ¿Te obligué? No. Solo tenía que ofrecerte algo de beber. Es difícil de creer que el miedo a ofender pueda ser más fuerte que el miedo al dolor.”
Me siento identificada con esa escena: más de una vez mi propio juez interior me ha traicionado cobardemente, sin advertirme, sin cuidarme.
Dicen que el peor miedo del ser humano es el miedo al rechazo, pero ¿ qué hay del miedo a fallarse a sí mismo?
Día 4
Me levanté a las seis como de costumbre, me bañé y bajé a desayunar. Él dormía. Decidí que ese día le diría que se fuera. Con toda la calma y la firmeza del mundo. Se lo diría.
Estuve dos horas enteras ensayando mentalmente distintas versiones de la conversación: la directa, la amable, la que empezaba con "mira, yo tengo mucho trabajo esta semana", la que empezaba con "no es nada personal", la que empezaba con "necesito mi espacio".
Cuando se levantó, hacia las once, me limité a ignorarlo. Si no lo miraba, si no le hablaba, si me comportaba como si él no existiera, eventualmente lo entendería. Eso me dije. Lo ignoré con tanta dedicación que básicamente pasé el día ignorándome a mí misma también: no almorcé, no tomé agua, no me moví del taller hasta que me dolió la espalda.
Él, por su parte, parecía perfectamente cómodo con el silencio. Casi aliviado, diría yo, de no tener la obligación de sostener ninguna conversación. Se instaló en el sofá con su libro-pantalla y ahí se quedó. Comió un banano. Otro. Una manzana. Luego un pan. Tomo leche. No se bañó. No se cambió de ropa. No hizo nada que requiriera esfuerzo físico o mental.
En un momento me miró y dijo, con una sonrisa que me pareció burlona, que me veía cansada y demacrada. Que si había dormido mal. Que estaba pálida y tenía ojeras. Y remató diciendo: tienes que cuidarte.
Pensé que trataba de jugar con mi mente pero de pronto se paró y volvió con un vaso de agua que dejó a mi lado sin mirarme —Toma —dijo—. Estás deshidratada.
Hacia las cuatro de la tarde me senté frente a él, lo miré fijamente durante tres segundos y le dije que necesitaba decirle algo. Me miró. Abrí la boca. Cerré la boca. Le pregunté si quería un té.
Fue en ese momento, mientras esperaba que hirviera el agua para un té que preferiría no hacer, igual que él preferiría no irse, que llegó la idea. No como una decisión sino como una revelación: no iba a pedirle que se fuera. Iba a hacer que irse fuera la única opción razonable.
Volví al taller casi de buen humor. Por fin tenía un plan. Él seguía en el sofá, ajeno a todo, haciendo scroll. Se reía de algo en la pantalla. Perfecto, pensé. Ríete. Mañana veremos quién ríe al último.
Esa noche tampoco pude dormir. Me recriminaba no haber actuado antes, tener que llegar a esos extremos. ¿Por qué me paralizaba tanto la opinión de alguien a quien apenas conocía y que ni siquiera me caía bien?
Me quedé dando vueltas a esa idea hasta que dejó de ser sobre él.
Pretérito pluscuamperfecto
La timidez no es un estado permanente ni se siente siempre con la misma intensidad. En mi caso, es mayor con esas personas con las que el vínculo aún es frágil. Mi mayor temor es que desaparezcan de mi vida sin dar explicaciones.
Mi cerebro llena los vacíos con la idea de no haber hecho lo suficiente.
Si pudiera retroceder el tiempo, ¿Habría dicho o hecho algo diferente? Probablemente no. Cada paso que he dado en mi vida me trajo hasta este momento y lugar exactos, como si no hubiera podido ser de otra manera.
Día 5
Me levanté a las seis como de costumbre, me bañé, desayuné e inicié mi plan.
Con una escobilla empecé a limpiar cada tecla de las siete octavas del piano que tengo hace 20 años, quedó como nuevo. Esta vez el ruido lo despertó. No dijo nada ni yo tampoco.
Limpié también las paredes, la estufa, el horno, el interior de los gabinetes, las puertas de los gabinetes, el interior de las canecas, los cajones y el piso de la cocina. Me aseguré de poner una escoba atravesada en la puerta para avisar que la cocina ahora era un área prohibida y cada vez que él intentaba entrar le mostraba la escoba. Se daba la vuelta sin decir nada.
Luego proseguí con la sala: limpié los soportes de las materas, las materas mismas, las ventanas por dentro y por fuera, los pisos, los muebles, los interruptores de luz, los marcos de los cuadros y el interior de las lámparas. Limpié también detrás de los cuadros, aunque nadie, incluyéndome a mí, lo hubiera hecho nunca.
Descolgué las cortinas para meterlas a la lavadora y empecé a limpiar los tapetes.
En eso lo miré ahí, sentado en el sofá del que no se había parado prácticamente en días, y estuve tentada de tirarle un baldado de agua y tallarlo con fuerza como si fuera un mueble más. A ver si por fin se le quitaba ese olor.
Procuré hacer todo el ruido posible: encendí la aspiradora y la lavadora al mismo tiempo, tiré baldados de agua enjabonada en todo el piso, moví todos los muebles, en especial aquellos en los que él estaba sentado, por lo que se tuvo que ir mudando de lugar durante todo el día como un objeto que estorba y que nadie sabe bien dónde poner.
Usé todo el desinfectante disponible. Hacia el mediodía saqué también los colchones a la terraza para asolarlos, incluido el sofá donde él dormía, que en ese momento estaba ocupado. Le dije que necesitaba el cojín. Me lo dio.
En la tarde me dediqué al baño. Froté cada baldosa con un cepillo de dientes viejo que él había dejado allí. Limpié la ducha, el sanitario, el lavamanos, los grifos, el espejo, el techo. Dejé el cepillo de dientes en un lugar visible sobre el lavamanos para que sacara sus propias conclusiones.
Él se asomaba, incrédulo, de vez en vez a ver qué era lo que yo tanto hacía. Por primera vez lo ví tímido y cauteloso, tratando de no hacer ningún movimiento brusco o inesperado, de no ocupar espacio.
Cuando regresé a la sala, las figurillas de las repisas estaban de nuevo en su lugar. No exactamente donde habían estado al inicio, pero tampoco donde él las había dejado y sus zapatos estaban en el zapatero. ¿Quería colaborar o apaciguarme?
En la noche, cuando más frío hacía, abrí todas las ventanas con la excusa de que se atenuara el olor a desinfectante. Las mantas recién lavadas aún estaban mojadas. Antes de irme a acostar le pasé una seca, no se la iba a dar pero sentí lástima y remordimiento. Por primera vez en todos esos días me dió las gracias y hasta parecieron sinceras.
Me acosté a las diez exhausta pero con la satisfacción de haber dejado todo impecable. El olor a limpio me arrulló. Sin embargo, no logré dormir tampoco esa noche. Hacía mucho frío, así que me quedé pensando en cómo nuestras obsesiones son una forma de control.
Limpiar para no morir
Cuando me siento muy abrumada limpio compulsivamente. Al menos un pequeño rincón de este podrido mundo está impecable, pienso. Hace años no veo noticias, desinstalé todas las aplicaciones de redes sociales. No sé si es cinismo o lucidez, pero cada vez me cuesta más encontrar bondad y compasión en la humanidad y no tengo a quien culpar o a quien pedir que me proteja. Entre estas paredes impolutas, me siento a salvo. Aunque no de mis pensamientos.
Es curioso lo que el miedo te hace hacer, lo que te hace creer, lo que te hace necesitar controlar. La sensación de poder sobre algo, así sea pequeño, así sea efímero, así los platos se ensucien, la cama se destienda, las repisas se cubran de polvo de nuevo, así tengas que volver a realizar los mismos rituales una y otra vez, de alguna forma tiene más sentido que el afuera.
Pero ese control es una ilusión: pienso en el universo, en la entropía, en como todo lo que conocemos y por lo que estaríamos dispuestos a morir podría volverse impredecible y caótico en cualquier momento o incluso desaparecer y yo no podría hacer nada al respecto.
Día 6
Me levanté a las seis como de costumbre, me bañé y bajé a desayunar.
El intruso se había ido.
Subí corriendo de vuelta a mi habitación y salté sobre la cama, eufórica, por fin podría dormir, pero antes llamé a mi hermano para contarle. Me escuchó en silencio hasta el final y luego dijo: o sea que para echarlo tuviste que limpiar toda la casa. Sí, le dije. Hizo una pausa. Oye, ¿y no podías simplemente haberle dicho que se fuera? Lo pensé un momento. No lo sé, respondí. Honestamente no lo sé.
No pude dormir.
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